MERLIN: El paladín que buscó la gloria del Kwasar II
En los días antiguos del Universo de Zion, en una galaxia remota perdida dentro de ese vasto Universo, en el Planeta Vita llamado Liberta, vivía un humano llamado Merlín.
Él no nació bajo una profecía.
No fue coronado por el destino como un niño.
Ningún cometa partió los cielos en su nacimiento. Ningún oráculo cayó de rodillas. Ninguna voz celestial declaró que el infante un día se pararía ante las puertas de la ascensión divina.
Merlín nació como nacen la mayoría de los hombres: frágil, mortal, incierto.
Pero dentro de él ardía algo que ningún sacerdote podía nombrar y ningún erudito podía medir.
Un hambre.
No por oro.
No por reinos.
No por el amor de las multitudes o las canciones de los bardos.
Merlín ansiaba la gloria.
No una gloria común. No la gloria de los soldados que ganan batallas y son olvidados por la siguiente era. No la gloria de los reyes cuyas estatuas se desmoronan bajo la lluvia y el tiempo. No la gloria de los héroes cuyos nombres sobreviven solo como leyendas a medio recordar junto a hogueras moribundas.
Él quería algo más elevado.
Algo imposible.
Él quería la Gloria del Kwasar.
A través del Cosmos, la palabra Kwasar se pronunciaba con reverencia, temor y asombro. Un Kwasar no era meramente un guerrero. Un Kwasar no era meramente un mago, un campeón o un caballero bendito. Un Kwasar era un ser elevado más allá de los límites ordinarios de la existencia mortal.
Fueron elegidos por fuerzas más antiguas que la historia.
Bendecidos por los Astrales.
Reconocidos por los Arquitectos.
Forjados por la prueba, el sacrificio y el juicio cósmico.
Convertirse en Kwasar era transformarse en un recipiente viviente de poder divino, un ser capaz de blandir una fuerza que parecía más cercana al mito que a la magia. Sus cuerpos se volvieron más fuertes. Sus sentidos se agudizaron. Sus espíritus ardieron más. Sus armas se convirtieron en extensiones del destino. Sus hechizos ya no se sentían como fórmulas aprendidas, sino como órdenes pronunciadas directamente en los huesos de la realidad.
Un Kwasar no simplemente lanzaba poder.
Un Kwasar se convertía en poder.
Y Merlín ansiaba esa ascensión más que la vida misma.
El Comienzo Mortal
Merlín fue criado en la fortaleza-santuario de Aurelion Gate, una sagrada plaza fuerte construida sobre los blancos acantilados de las tierras orientales del planeta Liberta. La fortaleza vigilaba un vasto valle donde antiguos caminos, santuarios en ruinas y campos de batalla olvidados se cruzaban bajo la mirada de la luna.
Los paladines de Aurelion Gate eran conocidos como la Orden del Juramento del Alba.
Eran defensores de los débiles, guardianes de reliquias sagradas y enemigos jurados de la corrupción. Su armadura no estaba pulida por vanidad, sino como símbolo de disciplina espiritual. Sus espadas estaban bendecidas no para matar, sino para interponerse entre la inocencia y la oscuridad.
Desde niño, Merlín estaba fascinado por ellos.
Observaba a los paladines entrenar en el patio al amanecer, sus espadas brillando como tiras de luz capturada. Los veía arrodillarse antes de la batalla, posar sus manos sobre el suelo de piedra de la capilla y susurrar juramentos a poderes más allá del plano mortal.
La mayoría de los niños admiraban a los paladines porque parecían heroicos.
Merlín los admiraba porque perduraban.
Veía el peso detrás de sus ojos.
Veía las cicatrices ocultas bajo su armadura.
Veía que cada juramento tenía un costo.
Y eso lo fascinaba.
Cuando tuvo edad suficiente para entrenar, Merlín no suplicó su aceptación. Se presentó ante los maestros de la Orden del Juramento del Alba, colocó ambas manos sobre el altar de la Primera Llama y habló con una calma que inquietó incluso a los ancianos.
“No pido ser protegido. Pido ser forjado.”
Esas palabras se convirtieron en el comienzo de su vida como paladín.
El entrenamiento fue brutal.
Aprendió esgrima hasta que sus palmas sangraron. Aprendió el manejo del escudo hasta que sus hombros desfallecieron. Aprendió disciplina a través del silencio, la oración, el hambre, el agotamiento y el dolor. Aprendió que la primera arma de un paladín no era la espada, sino la voluntad.
Muchos reclutas soñaban con el honor.
Merlín soñaba con la transformación.
Cuando otros rezaban por fuerza, él rezaba por un propósito.
Cuando otros pedían protección a los dioses, él pedía pruebas.
Cuando otros temían el dolor, él lo estudiaba.
El dolor, para Merlín, era la prueba de que el cuerpo mortal aún tenía límites.
Y los límites eran algo que él pretendía romper.
El Primer Signo de Imperium
Durante muchos años, Merlín se entrenó como guerrero de la fe. Aprendió los votos sagrados del Juramento del Alba, dominó el uso de la espada larga y el escudo, y estudió los ritos sagrados utilizados para canalizar la fuerza radiante contra no muertos, demonios y bestias corruptas.
Sin embargo, su verdadero despertar no ocurrió en la capilla.
Ocurrió en la batalla.
El ataque llegó durante el invierno de la tercera luna roja, cuando criaturas de las tierras en ruinas de Mordrath Vale descendieron sobre las aldeas debajo de Aurelion Gate. No eran bestias ordinarias. Sus cuerpos habían sido retorcidos por runas de sombra, sus huesos alargados, sus ojos ardiendo con una enfermiza luz violeta.
Los paladines salieron al amanecer.
Merlín, aún joven y sin haber jurado aún completamente, recibió la orden de quedarse atrás con los heridos y los niños.
Desobedeció.
Ese acto le habría valido un castigo en cualquier circunstancia normal.
Pero lo que sucedió ese día lo cambió todo.
En la aldea de Harrowfen, Merlín encontró una escena de horror. Hogares ardiendo. Aldeanos huyendo entre el humo. Las bestias habían atravesado la barricada exterior, y una de ellas, una criatura masiva con cuernos y hierro negro fusionado a su columna vertebral, acorraló a un grupo de niños dentro de una capilla derrumbada.
Merlín cargó.
Luchó con valentía, pero la valentía por sí sola no fue suficiente.
La bestia lo golpeó en el pecho y lo envió a estrellarse contra una pared de madera. Su espada cayó de su mano. Su escudo se agrietó. La sangre llenó su boca. La criatura avanzó hacia los niños.
Y entonces algo dentro de Merlín se abrió.
No su cuerpo.
No su mente.
Algo más profundo.
Una orden surgió de su interior, sin palabras y absoluta.
Su espada caída se levantó del suelo.
No por la mano.
No por un hechizo.
Por la voluntad.
La hoja tembló en el aire, rodeada de una fuerza invisible. La bestia se giró, confundida. Merlín extendió su mano, sus dedos temblaban, sus ojos ardían con una luz dorada.
La espada voló.
Golpeó a la bestia a través del hombro y la clavó contra la pared de la capilla.
Los niños gritaron.
La criatura rugió.
Y Merlín, medio consciente y sangrando, susurró la primera palabra que le vino al alma.
“Obedeced.”
Las piedras rotas del suelo de la capilla se levantaron a su alrededor.
Vigas de madera se arrancaron de los escombros.
Clavos de hierro se desprendieron de tablas rotas.
Todo le respondía.
Todo se movía.
El mundo mismo parecía doblegarse ante el mando de su mente.
Ese fue el primer despertar de Imperium.
El poder del dominio telequinético.
La fuerza sagrada de la autoridad mental sobre la materia.
La habilidad de mover, tirar, levantar, aplastar, desviar y comandar objetos solo con la voluntad.
Cuando llegaron los otros paladines, encontraron a Merlín de pie entre las ruinas, rodeado de escombros flotantes, su espada flotando a su lado como un espíritu leal.
Nadie habló durante mucho tiempo.
Porque cada paladín allí entendió lo que había presenciado.
Esto no era magia ordinaria.
Esto no era un hechizo enseñado en un libro.
Esto era una señal.
El susurro del Kwasar
Después de la batalla de Harrowfen, Merlín fue admirado y temido a la vez.
Los reclutas más jóvenes lo veían como si ya se hubiera convertido en una leyenda. Los aldeanos lo llamaban bendito. Algunos sacerdotes declararon que Imperium era un regalo de los Astrales. Otros advirtieron que tal poder podía ser fácilmente una tentación.
Los maestros de la Orden del Juramento del Alba lo probaron durante meses.
Le pidieron que moviera piedras.
Él movió estatuas.
Le pidieron que desarmara a un solo oponente.
Él desarmó a seis.
Le pidieron que detuviera una flecha en pleno vuelo.
Él detuvo una descarga completa.
Pero Imperium no era fácil de controlar. Respondía no solo a la concentración, sino también a la emoción. Cuando Merlín estaba en calma, los objetos le obedecían con elegancia. Cuando la ira lo tocaba, el aire mismo se volvía peligroso. Las puertas se agrietaban. Las armas temblaban. Las velas se doblaban hacia los lados como si se inclinaran ante una tormenta.
Los ancianos le advirtieron.
“El poder no es prueba de valía.”
Pero Merlín escuchó algo diferente.
Para él, Imperium no era simplemente un regalo.
Era una puerta.
Si su mente podía mover acero, ¿por qué no podía mover piedra?
Si podía mover piedra, ¿por qué no fuego?
Si podía comandar el mundo físico, ¿podría algún día comandar la luz, la gravedad, la energía, incluso las leyes invisibles tejidas en el Universo de Zion?
¿Qué era Imperium, sino el primer paso hacia algo más grande?
Fue entonces cuando Merlín comenzó a estudiar las leyendas de los Kwasars.
Leyó crónicas prohibidas encerradas bajo el santuario.
Estudió tablillas talladas con estrellas recuperadas de templos caídos.
Memorizó los nombres de seres que una vez habían sido mortales pero que habían trascendido la mortalidad.
Estaba Astrael, la Lanza Ardiente, una guerrera que podía partir montañas con un solo golpe radiante.
Estaba Vaelora de las Siete Coronas, que podía escuchar oraciones pronunciadas a través de mundos.
Estaba Orion Tres Veces Bendito, que sobrevivió al juicio de tres Arquitectos y regresó con los ojos llenos de luz estelar.
Y había otros cuyos nombres habían sido borrados porque su ascensión había fallado.
Eso aterrorizó a Merlín.
Pero también lo emocionó.
Porque el fracaso significaba que el camino era real.
Un sueño falso no tiene cadáveres.
Un camino verdadero siempre tiene a aquellos que murieron al recorrerlo.
El Juramento Bajo el Cielo sin Estrellas
El punto de inflexión llegó la noche de la Vigilia sin Estrellas, una ceremonia sagrada que se celebraba una vez cada nueve años en Aurelion Gate. Durante esta vigilia, los paladines extinguían todas las llamas de la fortaleza y permanecían bajo el cielo oscuro en completo silencio, recordando la era anterior a que la luz fuera otorgada al Universo de Zion.
Cada paladín renovaba su juramento.
Cada uno pedía permanecer humilde, disciplinado y fiel.
Pero Merlín ya no podía rezar solo por humildad.
Subió a la torre más alta de la fortaleza, llevando solo su espada, su escudo y un fragmento de cristal negro tomado de las ruinas de Harrowfen. El cristal había estado incrustado una vez en la bestia que derrotó. Pulsaba débilmente cada vez que Merlín usaba Imperium, como si reaccionara a su fuerza interior.
Allí, bajo un cielo sin estrellas, Merlín hizo un juramento que ningún maestro le había enseñado.
“Juro por el acero, el alma y la voluntad sagrada. No permaneceré como nací. Escalaré más allá de los límites de la sangre. Buscaré la mirada de los Astrales. Ganaré el juicio de los Arquitectos. Y si Diososcuro, Padre de Todos los Sapiens y Gran Arquitecto de Zion, me mira, no bajaré la vista. Me haré digno de la Gloria del Kwasar.”
El cielo permaneció en silencio.
Ningún trueno respondió.
Ningún ángel descendió.
Ninguna llama divina lo coronó.
Pero muy arriba, más allá del alcance de la vista mortal, algo cambió.
O quizás Merlín solo creyó que lo hizo.
Desde esa noche en adelante, la creencia se convirtió en su arma.
Y la ambición se convirtió en su carga.
El Conflicto dentro del Paladín
La tragedia de Merlín no es que deseara la grandeza.
La tragedia es que deseaba la grandeza por razones que ni él mismo entendía completamente.
En su mejor momento, Merlín quería convertirse en un Kwasar para poder proteger a los inocentes a una escala que ningún paladín ordinario podría lograr. Había visto aldeas arder. Había oído a niños gritar. Había visto a hombres valientes morir porque su fuerza no era suficiente.
Creía que el Cosmos necesitaba defensores más grandes que los caballeros mortales.
Creía que el mal estaba evolucionando.
Creía que la oscuridad ya no se contentaba con acechar bosques y ruinas. Se estaba volviendo cósmica. Antigua. Inteligente. Organizada.
Si los monstruos se estaban convirtiendo en dioses, entonces los héroes tenían que convertirse en algo más grande que héroes.
Ese era el lado noble de su sueño.
Pero había otro lado.
Un lado oculto.
Un lado peligroso.
Merlín temía ser pequeño.
Temía morir como un hombre común.
Temía ser olvidado.
Temía que, después de toda su disciplina, sacrificio, dolor y fe, el Cosmos simplemente continuara sin recordar su nombre.
Ese miedo lo avergonzaba, así que lo enterró bajo un lenguaje noble.
Se decía a sí mismo que todo era por justicia.
Todo por protección.
Todo por Zion.
Pero en lo más profundo, en el lugar donde ninguna oración podía mentir, Merlín sabía la verdad.
Él quería ser elegido.
Él quería que los cielos lo miraran y dijeran:
“Tú eres más.”
Este conflicto interno se convirtió en el verdadero campo de batalla de su alma.
No demonios.
No monstruos.
No caballeros rivales.
El mayor enemigo de Merlín era la pregunta de la que nunca pudo escapar:
¿Buscaba la ascensión para servir al Cosmos…
¿O para situarse por encima de él?
La búsqueda de un Maestro
A medida que Imperium se hacía más fuerte, Merlín se dio cuenta de que la Orden del Juramento del Alba ya no podía guiarlo por completo.
Podían enseñarle honor.
Podían enseñarle disciplina.
Podían enseñarle cómo golpear el mal, proteger a los débiles y llevar las cargas de un paladín.
Pero no podían enseñarle cómo convertirse en un Kwasar.
El camino que quería era más antiguo que la orden.
Más antiguo que los reinos de los hombres.
Quizás más antiguo que el propio Zion.
Así que Merlín comenzó a buscar un maestro.
No un maestro de esgrima.
No un sacerdote.
No un mago de la corte que pudiera realizar trucos para los reyes.
Buscó a alguien que entendiera la ascensión.
Alguien que hubiera caminado cerca de la frontera entre la mortalidad y la transformación cósmica.
En pergaminos olvidados, encontró referencias a un ser misterioso conocido como Elyndor Vael, el Magistrado Silencioso de los Pasos Astrales.
Algunos textos afirmaban que Elyndor Vael había entrenado una vez a guerreros que más tarde se convirtieron en campeones celestiales. Otros afirmaban que era un Kwasar fallido, maldito a permanecer entre los estados mortal y divino. Algunos decían que no era humano en absoluto, sino un fragmento de un Astral que llevaba el recuerdo de un hombre.
Ninguna leyenda estaba de acuerdo.
Pero todas coincidían en una cosa:
Aquellos que buscaban a Elyndor Vael rara vez regresaban inalterados.
El último rastro conocido de él apuntaba al Monasterio de la Estrella Hueca, una ruina escondida más allá de los desiertos de cristal de Syrath, donde la arena reflejaba el cielo nocturno incluso al mediodía y los viajeros escuchaban voces de posibles futuros.
Cuando Merlín les dijo a los maestros de Aurelion Gate que tenía la intención de irse, no se sorprendieron.
El mayor de ellos, Ser Caldran, le dio una última advertencia.
“Crees que el poder revelará quién eres. No lo hará. El poder solo elimina las excusas. Cuando seas lo suficientemente fuerte, cada elección que hagas será solo tuya.”
Merlín hizo una reverencia.
Pero no regresó.
Al amanecer, dejó Aurelion Gate con su espada al costado, su escudo a la espalda, el cristal negro atado a su guantelete e Imperium agitándose a su alrededor como una tormenta invisible.
Ya no era simplemente un paladín.
Era un buscador de la ascensión.
Un mortal caminando hacia un fuego divino.
El Significado de Imperium
Durante su viaje, Merlín llegó a comprender que Imperium era más que telequinesis.
Al principio, creyó que era el poder de mover objetos con la mente.
Una piedra.
Una espada.
Una puerta.
El arma de un enemigo.
Pero cuanto más viajaba, más sentía que Imperium no se trataba de movimiento.
Se trataba de autoridad.
Cada objeto tenía peso.
Cada fuerza tenía resistencia.
Cada estructura tenía memoria.
Para usar Imperium, Merlín tenía que imponer su voluntad sobre el mundo sin perder el control de sí mismo. Si su mente estaba dispersa, el poder se volvía inestable. Si sus emociones lo dominaban, el poder se volvía violento. Si su propósito era claro, la realidad obedecía con una belleza aterradora.
Aprendió a atraer su espada desde el otro lado de un campo de batalla.
Aprendió a levantar un escudo sin tocarlo.
Aprendió a detener piedras que caían en el aire.
Aprendió a aplastar la armadura enemiga hacia adentro sin perforar la carne.
Aprendió a saltar más lejos empujando el suelo con fuerza invisible.
Aprendió a ralentizar flechas, redirigir cuchillas y mantener puertas cerradas contra criaturas más fuertes que los caballos.
Pero cada uso de Imperium despertó un hambre más profunda.
Porque cada acto demostraba que el mundo podía ser comandado.
Y si el mundo podía ser comandado, entonces quizás el destino también podría serlo.
Ese pensamiento se volvió peligroso.
Muy peligroso.
La Prueba del Desierto de Cristal
El viaje al Monasterio de la Estrella Hueca casi lo mata.
Los desiertos de cristal de Syrath no eran naturales. Las leyendas contaban que un antiguo Arquitecto, originario de un Universo distante, una vez golpeó la tierra con un fragmento de ira celestial, convirtiendo toda la región en arena espejada. Durante el día, el desierto reflejaba el sol hasta que los viajeros quedaban ciegos. Por la noche, reflejaba las estrellas tan perfectamente que muchos perdían su sentido de la orientación y caían en ilusiones del cielo.
Durante siete días, Merlín cruzó el desierto.
Al tercer día, se quedó sin agua.
Al cuarto, comenzó a escuchar voces.
Al quinto, vio una visión de sí mismo vistiendo una armadura hecha de algún tipo de ser simbiótico, arrodillado ante Goddark mientras una espada de metal cambiante, como si el metal mismo estuviera vivo, aparecía ante él.
Al sexto, vio otra visión.
Esta vez, estaba de pie sobre un campo de batalla de compañeros muertos, sus ojos ardiendo como dos soles, su mano levantada sobre una ciudad en ruinas. A su alrededor, la gente no vitoreaba.
Temblaban.
Al séptimo día, se desplomó.
Mientras su cuerpo fallaba, el cristal negro de su guantelete comenzó a pulsar. La arena espejada a su alrededor se levantó grano a grano, formando un círculo de cristal flotante. Cada fragmento reflejaba una versión diferente de su rostro.
El héroe.
El tirano.
El mártir.
El monstruo.
El santo.
El conquistador.
Entonces una voz habló de la nada.
“¿En cuál buscas convertirte?”
Merlín intentó responder.
No salieron palabras.
La voz continuó.
“El poder no hará la elección. El poder revelará la elección ya hecha.”
Cuando Merlín volvió a abrir los ojos, ya no estaba en el desierto.
Estaba a las puertas del Monasterio de la Estrella Hueca.
El Magister Silencioso
El monasterio era una ruina de arquitectura imposible. Sus torres se curvaban hacia adentro como manos en oración. Sus ventanas mostraban cielos diferentes según dónde se estuviera. Algunas salas estaban rotas. Otras parecían intactas por el tiempo. En su centro flotaba una estrella negra, silenciosa e inmóvil, suspendida sobre un altar vacío.
Allí, Merlín conoció a Elyndor Vael.
El maestro no era lo que esperaba.
No era un guerrero gigante.
No era un ángel resplandeciente.
No era una figura divina envuelta en llamas.
Aparecía como un anciano con ropajes sencillos, ciego de ambos ojos, llevando un bastón de madera sin ornamentación.
Pero cuando Merlín entró en su presencia, cada piedra suelta de la cámara se levantó del suelo.
No porque Merlín las ordenara.
Porque Elyndor Vael lo hizo.
Sin mover un dedo.
Sin pronunciar un hechizo.
Sin esfuerzo.
Todo el monasterio parecía respirar con su voluntad.
“Buscas la Gloria del Kwasar,” dijo Elyndor Vael.
Merlín se arrodilló.
“Así es.”
“¿Por qué?”
“Para proteger el Universo Tzion.”
“Esa es la respuesta de un paladín.”
“Es la verdad.”
“Es parte de la verdad.”
Merlín no dijo nada.
El viejo maestro se acercó.
“También buscas ser recordado.”
Las palabras golpearon más fuerte que cualquier hoja.
Merlín bajó la mirada.
Por primera vez en muchos años, se sintió como un niño de nuevo.
Elyndor Vael no lo condenó.
En cambio, dijo:
“Bien. Una herida oculta se convierte en veneno. Una herida revelada puede convertirse en disciplina.”
Ese fue el comienzo del verdadero entrenamiento de Merlín.
El Camino de la Ascensión
Bajo Elyndor Vael, Merlín aprendió que la Gloria del Kwasar no podía ser robada, exigida o lograda solo por la fuerza.
Tenía que ser presenciada.
Los Astrales no bendecían la ambición.
Los Arquitectos no elevaban el talento.
Ni siquiera Goddark, creador y fuerza soberana del Universo Tzion, transformaba a los mortales simplemente porque deseaban la grandeza.
Un mortal tenía que volverse digno bajo presión.
No una vez.
Repetidamente.
Un candidato para la ascensión Kwasar tenía que sobrevivir a tres etapas sagradas.
La primera era el Dominio: el control sobre el propio don.
La segunda era el Sacrificio: la voluntad de perder lo que se ama sin rendirse a la corrupción.
La tercera era el Juicio: el momento en que los poderes cósmicos miraban el alma y decidían si debía ascender, permanecer o ser destruida.
Merlín solo había comenzado la primera etapa.
Imperium era su puerta al Dominio.
Pero Dominio no significaba controlar objetos.
Significaba controlarse a sí mismo.
Durante meses, quizás años, el tiempo se volvió confuso dentro del Monasterio de la Estrella Hueca. Merlín entrenó en cámaras donde la gravedad cambiaba, donde las espadas atacaban sin empuñaduras, donde las estatuas de piedra susurraban acusaciones, donde las ilusiones lo obligaban a enfrentarse a versiones de sí mismo corrompidas por el orgullo.
Tenía que sostener mil fragmentos de vidrio en el aire sin romper ninguno.
Tenía que detener un pilar que caía mientras se negaba a mover al enemigo que estaba debajo.
Tenía que luchar sin ira.
Tenía que perder sin odio.
Tenía que ganar sin vanidad.
Esto era más difícil que la batalla.
Mucho más difícil.
Porque en la batalla, un enemigo se presenta ante ti.
En la ascensión, el enemigo lleva tu rostro.
El Cristal Negro y el Enemigo que Viene
Durante su entrenamiento, Elyndor Vael se interesó profundamente en el cristal negro atado al guantelete de Merlín.
El cristal no era simplemente un remanente de la bestia de Harrowfen.
Era un fragmento de algo más antiguo.
Una astilla de materia cósmica corrupta conocida como Vidrio del Vacío.
Se decía que el Vidrio del Vacío se formaba en lugares donde las ascensiones fallidas habían abierto heridas en la realidad. Absorbía la ambición, amplificaba el poder y susurraba a aquellos que deseaban la grandeza. En manos de los disciplinados, podía convertirse en un foco. En manos de los orgullosos, podía convertirse en una maldición.
La bestia que atacó Harrowfen no había sido aleatoria.
Había sido enviada.
Algo había percibido el despertar de Merlín antes de que él mismo lo entendiera.
Algo de más allá de las fronteras sagradas de Tzion.
Algo que cazaba candidatos a la ascensión.
Elyndor Vael nombró a este enemigo solo una vez.
Malakar Voss, el Usurpador sin Estrellas.
Un campeón caído que una vez había buscado la Gloria del Kwasar y había fallado en la etapa del Juicio. Negada la ascensión, Malakar Voss se volvió contra los Astrales, maldijo a los Arquitectos y comenzó a cazar a aquellos que podrían tener éxito donde él había fallado.
No los mató inmediatamente.
Los corrompió.
Ofreció poder sin sacrificio.
Gloria sin juicio.
Ascensión sin humildad.
Para Merlín, esto era horripilante.
Pero también personal.
Porque Malakar Voss representaba el camino exacto que Merlín temía dentro de sí mismo.
Un guerrero que no había fallado por ser débil.
Sino por ser indigno.
La Contradicción Sagrada de Merlín
Esto es lo que hace a Merlín un personaje poderoso:
No es un héroe simple.
No es puro de una manera fácil.
Es noble, pero ambicioso.
Fiel, pero inquieto.
Compasivo, pero orgulloso.
Disciplinado, pero tentado por un poder imposible.
Realmente quiere proteger a los inocentes. Realmente cree que el Universo Tzion necesita campeones lo suficientemente fuertes para enfrentar el mal cósmico. Realmente reverencia a Goddark, a los Astrales y al orden sagrado de la creación.
Pero también quiere ascender.
Quiere convertirse en más que humano.
Quiere que su nombre quede grabado en la memoria del Cosmos.
Esta contradicción no lo hace malvado.
Lo hace peligroso.
Y fascinante.
Porque cada vez que Merlín levanta su espada con Imperium, cada vez que protege a los débiles, cada vez que derrota a un monstruo, la pregunta se hace más fuerte:
¿Se está convirtiendo en un salvador?
¿O se está convirtiendo en el principio de algo que un día deberá ser detenido?
El Nuevo Juramento del Paladín
Después de su entrenamiento bajo Elyndor Vael, Merlín no abandonó sus votos de paladín.
Los reforjó.
Se convirtió en un paladín del Juramento Ascendente, un voto personal sagrado construido sobre tres principios:
Proteger lo pequeño, incluso mientras se busca lo infinito.
Dominar el poder, pero nunca adorarlo.
Ascender solo si la ascensión permite que otros vivan.
Estas palabras se convirtieron en la cadena alrededor de su ambición.
No para aprisionarla.
Para guiarla.
Su armadura fue reforjada con placas de bronce dorado, acero blanco y fragmentos de cristal espejado de Syrath. Su escudo llevaba el símbolo de una estrella naciente sobre una mano abierta, representando el Imperium guiado por la contención sagrada. Su espada, antes de acero ordinario, llegó a ser conocida como Juramentada, un arma que respondía tanto a la mano como a la mente.
En batalla, Juramentada podía volar de regreso a él cuando era desarmado.
Su escudo podía rotar a su alrededor como un guardián flotante.
Las piedras rotas podían convertirse en proyectiles.
Las armas enemigas podían ser arrancadas de su agarre.
Y cuando Merlín entraba en profunda concentración, todo su cuerpo parecía rodeado por una presión invisible, como si la realidad misma dudara antes de tocarlo.
Pero aún no era un Kwasar.
Todavía no.
Era solo un candidato.
Una chispa acercándose a una tormenta divina.
El Camino por Delante
Ahora Merlín viaja por el Universo Tzion, buscando pruebas dignas de la atención de los Astrales.
Caza reliquias corruptas.
Defiende sitios sagrados.
Busca santuarios perdidos de Goddark.
Confronta a los sirvientes de Malakar Voss.
Estudia cada señal de ascensión fallida, esperando entender qué separa a los elevados de los condenados.
Algunas personas lo ven como un héroe.
Otros lo ven como una advertencia.
Los aldeanos lo llaman el Paladín Mano-Mente.
Los eruditos lo llaman el Nacido del Imperium.
Los enemigos lo llaman el Kwasar No Ascendido.
Pero Merlín rechaza todos los títulos excepto uno.
Buscador.
Porque conoce la verdad.
No ha llegado.
No ha sido elegido.
Aún no se ha presentado ante los Astrales.
Aún no ha escuchado el juicio de los Arquitectos.
Aún no se ha enfrentado a Goddark.
Y hasta que llegue ese día, cada batalla es una pregunta.
Cada victoria es una prueba.
Cada uso del Imperium es una tentación.
Cada acto de misericordia es un escudo contra su propio orgullo.
En algún lugar en la oscuridad entre las estrellas, Malakar Voss lo observa.
En algún lugar más allá de la vista mortal, los Astrales lo miden.
En algún lugar de la arquitectura sagrada del Universo Tzion, Goddark permanece en silencio.
Y Merlín avanza.
Espada a su lado.
Escudo a su espalda.
Mente afilada como una hoja.
Alma ardiendo como una estrella que aún no ha nacido.
Es humano.
Es paladín.
Es ambición encadenada al juramento.
Es misericordia armada con poder.
Es el que comandaría la piedra, el acero y el destino mismo.
Y un día, cuando los cielos se abran y llegue el juicio, el Cosmos descubrirá si Merlín estaba destinado a convertirse en un Kwasar…
O si el sueño de la gloria divina fue el primer paso hacia su caída.