NYXARA

La Druida del Mundo Negro

La Épica de Raíz, Sangre y la Boca Bajo la Tierra

Antes de que los sabios de otros Universos pronunciaran su nombre con miedo.

Antes de que las estrellas registraran su sacrificio.

Antes de que los invasores aprendieran que no todo planeta puede ser conquistado.

Antes incluso de que los dioses menores entendieran que algunos mundos no rezan…

Ellos recuerdan.

Existió Vha’Ruun.

Un planeta remoto, oscuro, inmenso, perdido en una región casi olvidada del Multiverso-Z, donde la luz de las estrellas llegaba enferma, filtrada por nubes eternas de vapor verde y tormentas eléctricas que rugían sobre continentes enteros de jungla.

Vha’Ruun no era un mundo civilizado según los estándares de los imperios. No tenía torres de cristal. No tenía ciudades flotantes. No tenía caminos de luz, ni ejércitos mecánicos, ni bibliotecas digitales custodiadas por inteligencias artificiales.

Tenía jungla.

Jungla infinita.

Jungla como un océano.

Jungla como una catedral.

Jungla como una tumba.

Árboles tan antiguos que sus raíces cruzaban montañas. Lianas tan gruesas como serpientes prehistóricas. Ríos negros donde criaturas ciegas nadaban bajo la superficie, esperando el temblor de una presa. Ruinas gigantes devoradas por el musgo. Templos partidos por raíces. Estatuas sin rostro cubiertas de hongos luminosos. Altares olvidados donde la sangre de sacrificios de hacía miles de años aún parecía gotear.

Y en el corazón de ese mundo vivían los Kharu.

Un pueblo de piel oscura, mirada fiera y alma indomable.

Guerreros de la civilización Skuda.

No primitivos.

Antiguos.

No atrasados.

Profundos.

No pobres.

Libres.

Los Kharu no medían la grandeza por el metal, sino por la memoria. No adoraban máquinas, sino huesos. No creían que el progreso fuera alejarse de la tierra, sino escucharla hasta que la tierra respondiera.

Para ellos, el mundo estaba vivo.

Cada árbol era un anciano.

Cada río, una vena.

Cada animal, un mensajero.

Cada raíz, una palabra de un lenguaje más antiguo que los dioses.

Los niños Kharu aprendían a lanzar una lanza antes que a escribir. Aprendían a seguir huellas antes que a contar números. Aprendían a distinguir el rugido de una bestia hambrienta del rugido de una bestia poseída por un espíritu.

Y antes de recibir su nombre de adulto, cada joven debía pasar una noche solo en la jungla.

Sin fuego.

Sin comida.

Sin protección.

Porque en Vha’Ruun, quien no podía sobrevivir la noche, no merecía caminar bajo el sol.

Pero había una ley más antigua que todas las demás.

Una ley que ningún rey, ningún guerrero y ningún chamán se atrevía a romper.

No despiertes lo que duerme bajo las raíces.

Nadie sabía ya quién había escrito esa ley.

Nadie recordaba el primer juramento.

Pero todos lo obedecían.

Porque a veces, en noches de lluvia roja, la tierra respiraba desde abajo.

Y cuando eso sucedía, los ancianos dejaban de cantar.

Los animales huían.

Las madres cubrían las orejas de sus hijos.

Y los druidas de Nhorai descendían a los templos enterrados para rezar con cuchillos en la mano.


Nyxara nació durante una de esas noches.

La noche en que el cielo sangró.

Durante tres días, lluvia roja cayó sobre Vha’Ruun. No era sangre, decían algunos. Era arcilla arrastrada de las montañas. Era polen oscuro mezclado con tormenta. Era lodo en suspensión en el aire.

Mentían.

Los ancianos sabían que la lluvia roja solo caía cuando algo bajo el mundo se movía en su sueño.

La madre de Nyxara, Amhara de Nhorai, era una druida de guerra. Una mujer que había cazado leopardos de seis ojos, que había extraído veneno de serpientes vivas para curar niños moribundos, que había hablado con los espíritus de árboles muertos y que nunca había inclinado la cabeza ante ningún jefe tribal.

Esa noche gritó durante horas dentro del templo de raíces de Uru-Khal.

Los otros druidas la rodearon con máscaras de calavera, cuerpos pintados con ceniza y manos manchadas de savia negra. Cantaban para cerrar las grietas invisibles del mundo. Cantaban para que el nacimiento no atrajera a espíritus hambrientos. Cantaban porque todos sentían lo mismo:

Algo estaba naciendo con la niña.

Y algo la estaba esperando.

Cuando Nyxara salió del vientre de su madre, no lloró.

Abrió los ojos.

Y todas las antorchas del templo se apagaron.

Por un instante, solo quedó la oscuridad.

Luego, bajo el suelo, las raíces comenzaron a brillar.

Una luz verde, lenta, profunda, antigua.

La recién nacida miró a los druidas con unos ojos imposibles: dorados en el centro, verdes en el borde, como si la jungla hubiera encendido dos pequeños soles dentro de su cráneo.

La anciana Ma’Kundra, la más vieja de las Hijas de Nhorai, dio un paso atrás.

Y dijo:

“No ha nacido una niña.”

Nadie habló.

La lluvia golpeaba el techo de raíces como millones de dedos.

Ma’Kundra miró a la recién nacida con terror sagrado.

“Ha nacido una respuesta.”


Desde niña, Nyxara fue diferente.

No porque fuera más fuerte.

Que lo era.

No porque fuera más rápida.

Que también lo era.

Era diferente porque la jungla no la trataba como una visita.

La trataba como su propia sangre.

Cuando otros niños se cortaban con espinas, ella pasaba por zarzas sin recibir herida. Cuando otros temían a los depredadores nocturnos, ella dormía junto a panteras negras que le respiraban en el pecho como guardianes. Las serpientes se enroscaban en sus brazos. Los insectos venenosos caminaban por su piel sin picar. Las aves carroñeras la seguían desde las copas de los árboles, no como carroñeros esperando la muerte, sino como heraldos.

A los cinco años, encontró el cadáver de un guerrero perdido y le puso la mano en la frente.

El muerto abrió los ojos.

No volvió a la vida.

Solo habló.

Dijo una palabra en un idioma que nadie entendió.

“Abajo.”

Luego se desmoronó en polvo.

A los siete, Nyxara soñó con un árbol sin copa cuyas raíces sostenían continentes enteros. Debajo de ese árbol había una boca. Una boca inmensa, sellada con cadenas vivientes. Y desde dentro de esa boca, algo respiraba con tal fuerza que los sueños de la niña temblaron.

A los nueve, escuchó voces bajo tierra.

No una.

Miles.

Guerreros muertos. Madres ancestrales. Reyes devorados por la jungla. Druidas sacrificados. Niños enterrados antes de recibir un nombre. Animales extintos. Espíritus que no pertenecían ni a los vivos ni a los muertos.

Todos susurraban desde las raíces.

“Aprende.”

“Recuerda.”

“Prepárate.”

A los doce, mató a su primera bestia sagrada.

No porque quisiera.

Porque la bestia se lo pidió.

Era un Gorhant, un enorme felino cornudo, viejo, ciego y cubierto de hongos blancos. Había custodiado una garganta prohibida durante más de ochenta años. Cuando Nyxara lo encontró, el animal estaba infectado por una sombra que se retorcía bajo su piel. La criatura rugía, pero el rugido sonaba a súplica.

La niña entendió.

Llorando, tomó la lanza de su madre y la hundió en su corazón.

El Gorhant murió apoyando su frente contra la de ella.

Y con su último aliento, le entregó su memoria.

Durante tres días, Nyxara vio lo que la bestia había visto.

Templos enterrados.

Hombres sin piel rezando a una boca.

Druidas encadenando algo bajo el planeta.

Y una civilización más antigua que los Kharu, destruida no por la guerra, ni la enfermedad, ni el hambre…

Sino por haber escuchado demasiado profundo.


Cuando cumplió dieciséis años, Nyxara entró en la Prueba del Dosel Negro, el rito que transformaba a los jóvenes Kharu en adultos.

Cada aspirante debía internarse en la jungla prohibida de Moru-Kai durante siete noches y regresar con tres cosas:

Una cicatriz.

Un nuevo nombre.

Y una verdad.

La mayoría regresaba con heridas, colmillos, visiones menores o fragmentos de huesos de bestias cazadas.

Nyxara no regresó en siete noches.

Ni en ocho.

Ni en nueve.

El clan la dio por muerta.

Su madre no lloró en público, porque las druidas de Nhorai no ofrecían sus lágrimas al mundo. Pero cada noche descendía al templo y dejaba un cuenco de agua limpia ante las raíces.

Al décimo día, la jungla se abrió.

Nyxara regresó.

Pero no venía sola.

Tras ella caminaban tres lobos espectrales hechos de humo verde. En su hombro dormía una serpiente blanca con ojos humanos. En su mano llevaba una máscara de piedra más antigua que cualquier objeto conocido por los Kharu.

Y sobre su pecho había una nueva cicatriz.

No hecha por garra.

No por cuchillo.

Una cicatriz circular, como una boca cerrada.

Cuando le preguntaron qué verdad había encontrado, Nyxara respondió:

“Nuestro mundo no es un hogar.”

Todos guardaron silencio.

Ella alzó la máscara antigua.

“Es una prisión.”


La verdad que Nyxara trajo de Moru-Kai cambió la historia de Vha’Ruun.

Durante miles de años, los Kharu habían creído que protegían la jungla.

Era una mentira.

La jungla los protegía a ellos.

Bajo la corteza del planeta dormía una entidad más antigua que la arquitectura divina de muchos Universos. No era un demonio. No era un dios. No era una criatura mortal.

Era una forma de hambre primordial conocida en lenguas muertas como La Fauce Hueca.

Un devorador de mundos.

Un organismo cósmico capaz de alimentarse no solo de carne, sino de memoria, espíritu, historia y posibilidad. Donde La Fauce Hueca despertaba, los pueblos no simplemente morían. Eran borrados. Sus nombres se desvanecían de las canciones. Sus rostros se difuminaban de las pinturas. Sus hijos olvidaban haber tenido padres.

La realidad quedaba con agujeros.

Como una piel mordida.

En edades olvidadas, una civilización más antigua que los Kharu había intentado usar el poder de La Fauce Hueca. Habían excavado demasiado profundo. Habían rezado demasiado abajo. Habían confundido el sueño de la bestia con la revelación divina.

Cuando entendieron su error, ya era demasiado tarde.

Para salvar el planeta, sacrificaron a sus reyes, a sus dioses locales, a sus ejércitos y a sus druidas más poderosos. Transformaron toda la biosfera de Vha’Ruun en una prisión viviente.

Las raíces eran cadenas.

Los ríos eran sellos.

Las druidas de Nhorai eran llaves humanas destinadas a mantener cerrada la Boca bajo la tierra.

Y Nyxara…

Nyxara era algo peor.

Era el último cerrojo.


Los ancianos no quisieron creerle.

Los jefes tribales la acusaron de blasfemia. Algunos decían que la jungla la había vuelto loca. Otros afirmaban que era peligrosa, que ningún mortal debía llevar tantas voces de los muertos.

Pero entonces comenzaron las señales.

Primero, los árboles del este perdieron sus hojas en una sola noche.

Luego los ríos comenzaron a fluir hacia atrás.

Luego los niños nacieron sin sombras.

Y finalmente, del cielo, llegaron los invasores.

Eran el Dominio Vaeltrix, una civilización Futura de otro Universo, maestros del metal, de la guerra orbital y de la extracción planetaria. Sus astrónomos habían detectado una fuente inimaginable de energía bajo Vha’Ruun. Creían haber encontrado un núcleo mineral capaz de alimentar imperios durante milenios.

Descendieron con naves negras.

Con armaduras brillantes.

Con soldados clonados.

Con perforadoras capaces de atravesar continentes.

Con sacerdotes tecnológicos que no creían en espíritus, sino solo en datos.

Miraron a los Kharu y vieron salvajes.

Miraron la jungla y vieron recursos.

Miraron los templos ancestrales y vieron ruinas explotables.

No entendieron nada.

Y por esa razón, cometieron el error que condenó a millones.

Comenzaron a excavar.


La guerra de Vha’Ruun no comenzó con una batalla.

Comenzó con un árbol.

Un árbol sagrado de tres mil años llamado Namaru, bajo cuyas raíces estaban enterradas siete generaciones de druidas. Los Vaeltrix lo talaron para despejar una zona de aterrizaje.

Cuando el árbol cayó, toda la jungla gritó.

No metafóricamente.

Gritó.

Un sonido inmenso, vegetal, animal, espiritual, tan profundo que los soldados invasores vomitaron sangre dentro de sus cascos.

Esa noche, Nyxara entró sola en el campamento enemigo.

No mató a nadie al principio.

Caminó entre sensores sin ser detectada. Las sombras de las hojas cubrían su cuerpo. La serpiente blanca sobre sus hombros se deslizó por los generadores y apagó los sistemas de vigilancia. Las raíces rompieron el suelo bajo los vehículos.

Cuando el Comandante Erynd Voss-Kael salió de su tienda blindada, la encontró de pie ante él, con la lanza en una mano y la máscara ancestral en la otra.

Le apuntó con una pistola de plasma.

Ella le habló en su propio idioma.

“Vuestro metal ha tocado una puerta que no entiende. Márchaos.”

El comandante sonrió.

“Este mundo ahora pertenece al Dominio Vaeltrix.”

Nyxara miró los árboles mutilados.

“No. Este mundo pertenece a lo que duerme debajo. Nosotros solo evitamos que os devore.”

El comandante disparó.

El plasma atravesó el cuerpo de Nyxara.

O eso creyó él.

Su figura se disolvió en hojas.

La verdadera Nyxara apareció detrás de él y le susurró al oído:

“Primera advertencia.”

Luego se desvaneció en la jungla.

Al amanecer, todos los soldados del campamento encontraron sus armas cubiertas de raíces desde dentro.

No fuera.

Dentro.

Como si el metal hubiera germinado.


La guerra duró nueve años.

Nueve años de fuego contra savia.

Metal contra hueso.

Poder orbital contra lo ancestral.

Ciencia contra memoria.

Los Vaeltrix enviaron ejércitos. Los Kharu respondieron con clanes unidos por primera vez en milenios.

Los invasores bombardearon junglas enteras. Nyxara hizo crecer nuevos bosques sobre las cenizas en una sola luna.

Los Vaeltrix desplegaron bestias mecánicas. Las druidas despertaron dinosaurios enterrados en pantanos sagrados.

Los soldados usaron drones invisibles. Las aves de Vha’Ruun aprendieron a cazarlos.

Las naves quemaron montañas. Las montañas escupieron enjambres.

Pero la guerra cambió a Nyxara.

Cada victoria le costaba una parte de sí misma.

Para comandar la jungla, tenía que abrir su mente a la Vena de Vha’Ruun, la red espiritual de raíces que conectaba toda la vida del planeta. Al principio era un susurro. Luego un río. Luego un océano.

Cada vez que entraba en la Vena, sentía cada muerte.

Cada árbol talado.

Cada guerrero caído.

Cada animal quemado.

Cada madre enterrando a su hijo.

Cada invasor muriendo gritando en una tierra que nunca llegó a entender.

La jungla le dio poder.

Pero también le dio dolor.

Y poco a poco, Nyxara dejó de soñar como un humano.

Soñaba como un bosque.

Pensaba en estaciones.

Recordaba lluvias de siglos atrás.

Sentía nostalgia por animales extintos antes de su nacimiento.

A veces miraba a su madre y necesitaba unos segundos para recordar que esa mujer era su madre, no simplemente una forma cálida de vida entre millones.

Amhara lo vio antes que nadie.

Una noche encontró a su hija de pie bajo la lluvia, inmóvil, con raíces que brotaban de sus tobillos y se hundían en la tierra.

“Vuelve,” le dijo.

Nyxara abrió lentamente los ojos.

“Estoy aquí.”

Su madre negó con la cabeza.

“No. Cada día estás menos aquí.”

Por primera vez desde la niñez, Nyxara tuvo miedo.

No de morir.

De convertirse en algo tan vasto que ya no pudiera amar a nadie de forma pequeña.


En el séptimo año de la guerra, apareció Kaelor.

Un prisionero Vaeltrix.

Joven, herido, abandonado por los suyos tras una emboscada. Los guerreros Kharu querían ejecutarlo. Nyxara lo impidió.

No por compasión inmediata.

Por curiosidad.

Kaelor no era como los otros invasores. Era un traductor de ruinas, un erudito obligado a servir al ejército. Había comenzado a descifrar los antiguos textos de Vha’Ruun y había comprendido parte del horror.

Cuando Nyxara lo interrogó, no pidió piedad.

Dijo:

“Estamos excavando sobre una boca.”

Ella lo miró en silencio.

“¿Qué más has leído?”

Kaelor tragó saliva.

“Que si despierta, no habrá victoria para nadie.”

Durante meses, Kaelor tradujo inscripciones prohibidas bajo guardia. Aprendió el lenguaje de los Kharu. Vio sus rituales. Comprendió que no eran salvajes. Comprendió que su propio imperio había confundido la humildad con la debilidad.

Y Nyxara, contra toda prudencia, comenzó a escucharlo.

Él le habló de estrellas. De otros Universos. De civilizaciones que vivían en lunas artificiales. De mares suspendidos en gravedad invertida. De niños que nunca habían tocado tierra real. De mundos donde los árboles eran recuerdos en museos.

Ella le habló de espíritus. De raíces. De los muertos aconsejando a los vivos. De animales aceptando la muerte para preservar el equilibrio. De la terrible responsabilidad de pertenecer a un mundo vivo.

No era un amor simple.

No era el romance de las canciones.

Era algo más peligroso.

Dos enemigos descubriendo que podían entenderse.

Y en una guerra como esa, comprender al enemigo era casi una traición.

Pero Nyxara no se apartó.

Porque Kaelor le recordó algo que la Vena comenzaba a robarle:

Que todavía era una mujer.

No solo un arma.

No solo una druida.

No solo la elegida.

Una mujer.

Con deseo, rabia, ternura, contradicción y miedo.


En el octavo año, el Dominio Vaeltrix perdió la paciencia.

El Comandante Erynd Voss-Kael, humillado por años de resistencia, autorizó el uso del Taladro Devorador de Soles, una máquina de excavación planetaria capaz de perforar hasta el manto interno. Su objetivo era alcanzar directamente la fuente de energía bajo Vha’Ruun.

Kaelor les rogó que no lo hicieran.

Lo acusaron de corrupción tribal.

Lo torturaron.

Y finalmente, lo usaron como cebo.

Los Vaeltrix transmitieron su ejecución públicamente para atraer a Nyxara.

Lo ataron a una plataforma de metal en el centro del campamento de excavación, debajo de la máquina que ya comenzaba a abrir la tierra.

Nyxara llegó con todo el poder de la jungla detrás de ella.

Fue la batalla más brutal de la guerra.

Los Kharu descendieron de los árboles como sombras con lanzas. Los druidas convocaron tormentas verdes. Los espíritus de los ancestros caminaron sobre el campo como gigantes translúcidos. Bestias sagradas cargaron contra los tanques. Raíces perforaron armaduras. El cielo se llenó de fuego.

Nyxara alcanzó a Kaelor.

Lo liberó.

Pero antes de que pudiera salvarlo, Erynd Voss-Kael disparó.

No a ella.

A él.

Kaelor cayó en sus brazos.

La sangre llenó sus manos.

Él sonrió débilmente, con los labios rotos.

“Tenías razón,” susurró. “Tu mundo… sí habla.”

Nyxara tembló.

“No cierres los ojos.”

“No estoy solo,” dijo. “Te escucho en las raíces.”

Murió.

Y algo dentro de Nyxara se rompió.

No gritó como un humano.

Gritó como un planeta.

La jungla entera respondió.

Durante siete minutos, Vha’Ruun dejó de ser un campo de batalla y se convirtió en juicio.

Raíces brotaron del suelo como miles de serpientes titánicas. Los árboles se inclinaron hacia el campamento. Las nubes descendieron. Los animales atacaron sin miedo a la muerte. Los muertos se levantaron en formas de luz verde.

Nyxara caminó hacia Erynd Voss-Kael con el cuerpo de Kaelor en sus brazos.

El comandante retrocedió.

“¿Qué eres?”

Ella lo miró con ojos donde una sola persona ya no podía caber.

“La consecuencia.”

No lo mató rápidamente.

La jungla se lo llevó.

Y durante tres días, sus gritos se escucharon bajo la tierra.


Pero el dolor de Nyxara llegó demasiado tarde.

El Taladro Devorador de Soles había cumplido su propósito.

La cámara de sellado final se fracturó.

Bajo Vha’Ruun, algo abrió un ojo.

Todas las raíces del planeta se tensaron.

Los ríos se detuvieron.

Los animales cayeron de rodillas.

Los druidas de Nhorai comenzaron a sangrar por los ojos.

Y desde dentro del mundo llegó una voz.

No hablaba con palabras.

Hablaba con hambre.

La Boca Vacía estaba despertando.

El primer continente en sentirla fue Khar-Nubai. La tierra se abrió en líneas negras que cruzaron junglas, aldeas y montañas. De las grietas salió una luz oscura, una contradicción imposible: oscuridad brillante, como si la nada tuviera su propio fuego.

La gente cerca de las grietas no murió.

Fueron olvidados.

Una madre se volvió para buscar a su hijo y no recordó haber tenido nunca uno.

Un guerrero vio el tatuaje de su hermano muerto desvanecerse de su brazo.

Un anciano perdió todos los nombres de sus ancestros.

Canciones enteras se vaciaron de significado.

Los tótems se volvieron lisos.

Las pinturas rupestres fueron borradas.

La historia comenzó a sangrar.

La Boca Vacía no estaba comiendo carne.

Estaba comiendo existencia.


Los clanes entraron en pánico.

Los Vaeltrix supervivientes intentaron huir al espacio, pero sus naves no recordaban haber sido construidas. Sus sistemas perdieron archivos, comandos, mapas, incluso el lenguaje. Pilotos entrenados olvidaron cómo respirar dentro de sus trajes.

La realidad alrededor de Vha’Ruun se estaba desmoronando.

Nyxara reunió a los últimos druidas de Nhorai en el templo de Uru-Khal.

Allí, bajo la lluvia negra, Ma’Kundra, casi ciega ya, reveló la verdad final.

“No puedes matar a la Boca.”

Nyxara lo sabía.

“Entonces la encadenaremos de nuevo.”

La anciana negó con la cabeza.

“Las cadenas están rotas. Los antiguos sellos murieron con quienes los crearon.”

“Habrá otra forma.”

Ma’Kundra lloró sangre.

“Sí.”

Todos los druidas inclinaron sus cabezas.

Nyxara comprendió antes de que lo dijeran.

El nuevo sello no podía ser piedra.

No podía ser raíz.

No podía ser canción.

Tenía que ser una conciencia viva, extendida por toda la Vena de Vha’Ruun, capaz de soportar eternamente la presión de la Boca Vacía.

Una mente convertida en prisión.

Una voluntad más fuerte que el hambre.

Una persona sacrificada no para morir…

Sino para nunca terminar de morir.

Nyxara cerró los ojos.

Vio a su madre.

Vio a Kaelor.

Vio a los niños Kharu.

Vio a los animales durmiendo bajo los árboles.

Vio las antiguas ruinas.

Vio las generaciones aún no nacidas.

Vio los Universos que caerían si la Boca escapaba.

Cuando abrió los ojos, ya no había duda.

“Yo seré la raíz.”

Su madre se desplomó.

“No.”

Nyxara se acercó a ella y la sostuvo como Amhara la había sostenido al nacer.

“Me enseñaste que un druida no posee la vida. La sirve.”

“Eres mi hija.”

“Y por eso puedo hacerlo.”

Amhara le agarró el rostro con ambas manos.

“Si entras en la Vena, no regresarás.”

Nyxara sonrió con una inmensa tristeza.

“Regresaré en todo.”


La marcha final de Nyxara fue recordada como la Descenso de la Raíz Negra.

Caminó desde Uru-Khal hasta la grieta central abierta por el taladro enemigo. No llevaba ejército. Ni corona. Ni armadura.

Solo su lanza.

Su escudo de hueso.

La máscara antigua.

Y el collar de dientes que su madre le había dado en la infancia.

A ambos lados del camino, los Kharu se arrodillaron.

No por obediencia.

Por luto.

Los niños le ofrecieron flores negras.

Los guerreros golpearon sus lanzas contra el suelo.

Los druidas cantaron la primera canción, la que solo se usaba cuando nacía una hija de Nhorai.

Pero esta vez la cantaron al revés.

Porque Nyxara regresaba al vientre del mundo.

Cuando llegó a la grieta, el cielo se abrió.

No con luz.

Con vacío.

La Boca Vacía se estaba levantando desde abajo.

Nadie vio su forma completa. Nadie pudo. La mente mortal se rompía al intentarlo. Algunos decían que era una boca del tamaño de una cordillera. Otros, que era un ojo con dientes. Otros, que era un árbol invertido hecho de carne y noche. Otros, que vieron a sus propios muertos dentro de su garganta, rogando ser recordados.

Nyxara no retrocedió.

Se puso la máscara antigua.

Clavó la lanza en la tierra.

Y habló a toda la jungla.

“Yo, Nyxara de Nhorai, hija de Amhara, sangre de los Kharu, cerradura final de Vha’Ruun, doy mi carne a la raíz, mi memoria al río, mi dolor al barro, mi amor al viento, y mi nombre a todos los que aún no han nacido.”

La grieta rugió.

La Boca la sintió.

La quería.

El suelo bajo sus pies se abrió.

Las raíces emergieron y la envolvieron lentamente. Primero sus tobillos. Luego sus piernas. Luego su cintura. No la arrastraban.

La estaban aceptando.

Nyxara gritó cuando la Vena entró en su sistema nervioso.

No era un dolor ordinario.

Era multiplicación.

Sintió a cada ser vivo del planeta al mismo tiempo.

Cada hoja.

Cada larva.

Cada anciano.

Cada feto.

Cada bestia herida.

Cada árbol quemado.

Cada hueso enterrado.

Cada gota de sangre derramada desde el principio de la historia.

Su mente casi se rompió.

Entonces sintió una mano espiritual sobre su hombro.

Kaelor.

No como un humano vivo.

Como memoria aceptada por la jungla.

Luego otra mano.

Su madre, aún viva, orando desde el borde de la grieta.

Luego miles.

Millones.

Ancestros.

Animales.

Druidas.

Guerreros.

Niños olvidados.

Todos sosteniéndola desde dentro.

La Boca Vacía abrió su boca contra ella.

Y Nyxara abrió la suya.

No para gritar.

Para cantar.

La canción no pertenecía a los Kharu.

Ni a los druidas.

Ni siquiera a Vha’Ruun.

Era más antigua.

Una canción que la propia materia quizás había usado para convencerse a sí misma de existir.

Toda la jungla cantó con ella.

Y entonces Nyxara dejó de ser una mujer.

No de golpe.

No como la muerte.

Sino como expansión.

Su sangre se hizo río.

Sus huesos se hicieron raíces.

Su piel se hizo corteza.

Su aliento se hizo viento húmedo entre las hojas.

Sus ojos se abrieron en cada animal nocturno.

Su corazón descendió al centro del planeta.

Y allí, ante la Boca, se hizo prisión.

La Boca Vacía empujó.

Nyxara resistió.

La Boca mordió la memoria.

Nyxara le dio dolor.

La Boca devoró la historia.

Nyxara le clavó nombres.

La Boca intentó borrar a los Kharu.

Nyxara gritó cada nombre de cada ancestro desde el principio de los tiempos.

Uno por uno.

Sin olvidar ni uno solo.

Y la Boca, por primera vez desde el nacimiento del hambre, retrocedió.


La explosión fue visible desde tres lunas muertas.

Un árbol colosal de luz verde emergió del centro de Vha’Ruun, perforó nubes, tormentas y capas atmosféricas, y se elevó como una columna sagrada hacia el espacio.

No era madera.

Era alma vegetal.

Era memoria hecha sólida.

Era Nyxara.

Las grietas se cerraron.

Los ríos fluyeron de nuevo.

Los nombres borrados regresaron a las bocas de los vivos.

Las pinturas reaparecieron en las paredes.

Los niños recordaron a sus madres.

Los muertos recuperaron sus tumbas.

Y muy abajo, en el oscuro centro del planeta, la Boca Vacía volvió a dormir.

Pero ya no dormía encadenada por una civilización perdida.

Dormía abrazada por una mujer que se negó a permitir que el hambre fuera más fuerte que la memoria.


Mil años después, Vha’Ruun sigue siendo un mundo que ningún imperio se atreve a conquistar.

Los mapas del Dominio Vaeltrix marcan el planeta con una advertencia en rojo:

No desciendan. No excaven. No escuchen las raíces.

Los Kharu siguen viviendo bajo la jungla.

Siguen siendo Skuda.

Siguen pintando sus cuerpos con ceniza, hueso y savia. Siguen entrenando guerreros capaces de luchar contra monstruos con una lanza y un juramento. Siguen formando druidas que no aprenden magia de los libros, sino de las cicatrices.

Pero ya no rezan a muchos espíritus como antes.

Ahora, antes de la caza, antes de la guerra, antes del nacimiento y antes de la muerte, todos pronuncian el mismo nombre.

Nyxara.

No como reina.

No como diosa.

No como mártir.

Como mundo.

Porque cuando el viento mueve las copas de los árboles, los Kharu dicen que es su respiración.

Cuando una raíz mueve una piedra del camino de un niño, dicen que es su mano.

Cuando un invasor entra en la jungla con la intención de robar, dicen que sus ojos se abren en cada bestia.

Y cuando la tierra tiembla en noches de lluvia roja, los druidas de Nhorai descienden al templo de Uru-Khal, apoyan sus frentes contra las raíces y escuchan.

A veces escuchan a la Boca.

Hambrienta.

Inmensa.

Soñando con escapar.

Pero por encima de ella escuchan otra voz.

Una voz femenina.

Profunda.

Verde.

Infinita.

Una voz que dice:

“Mientras yo recuerde, nada te devorará.”

Y por eso la inscripción final del templo no llama a Nyxara salvadora.

Ni madre.

Ni heroína.

Dice algo mucho más terrible.

Algo que todo niño Kharu aprende antes de tocar una lanza.

Algo que los invasores traducen mal, porque ningún idioma extranjero puede cargar con todo su peso.

En la antigua lengua de Vha’Ruun, la frase significa:

“Ella no venció a la oscuridad.”

“La forzó a dormir dentro de su corazón.”