Pandora

Nova Kobra.

Una metrópolis en expansión que se alzaba desde la superficie del planeta Ítaca, donde el acero se fusionaba con el polvo de estrellas y el pulso de los reactores de plasma resonaba como el latido del corazón de toda una civilización. Rascacielos de neón perforaban el cielo, su resplandor reflejándose infinitamente en las calles empapadas por la lluvia. Autopistas suspendidas serpenteaban por el aire, tejiéndose entre hologramas colosales que anunciaban mejoras cibernéticas y genéticas.

Por encima de todo, drones y mechs de patrulla atravesaban la tormenta, sus ópticas destellando bajo la lluvia incesante.

Ítaca se erigía como la joya de la corona de la Galaxia Central.

El símbolo definitivo de la evolución de la humanidad.

Y en las profundidades de su superficie —oculta del mundo superior— se encontraba la Base Zetan.

Una fortaleza.

Una fábrica de guerra.

Un crisol.

Aquí era donde se creaban los guerreros.

La EliteX.

El pináculo de la evolución humana —diseñados, mejorados, perfeccionados. La punta de lanza del gran diseño de Kronos. Los guardianes del futuro de la humanidad.

Y entre ellos... uno sobresalía.

Scarlett O’Brien.

La Inmortal.
La Irrompible.
La arma más letal jamás forjada por la humanidad.

Su sola presencia imponía atención. Una mujer forjada por la batalla, pero sin el toque del miedo. Su cabello azul cielo caía en ondas fluidas, capturando el resplandor de las luces de neón como energía líquida. Cada paso que daba llevaba propósito. Control. Poder.

Pero fuera de servicio... era algo completamente distinto.

Indómita.

Su estilo era la rebelión hecha forma —una fusión de precisión, caos e intención letal. Un top corto reforzado se ceñía a su cuerpo como una armadura ligera, dejando su abdomen expuesto. En su piel, cicatrices y tatuajes se entrelazaban —símbolos negros y carmesíes que marcaban victorias, traiciones y supervivencia.

Sus pantalones cargo, gastados por incontables misiones, lucían diseños intrincados —dragones, lobos, espíritus de guerra. No eran decoración.

Identidad.

En sus caderas descansaban armas personalizadas, grabadas con símbolos que nadie más podía leer.

Para Scarlett... no eran herramientas.

Eran extensiones de su voluntad.

Pero cuando el deber llamaba... todo eso desaparecía.

La rebelde se desvanecía.

Solo quedaba el arma.

La llamada del Escuadrón Y3 llegó sin previo aviso.

Una orden directa.

Reportarse a la Base Zetan.

Sin preguntas.

Sin dudar.

Scarlett se preparó.

El traje de combate EliteX se ajustó a ella como un organismo vivo —tecnología de nanofibra adaptándose instantáneamente a su cuerpo. Flexible. Reactivo. Casi indestructible. Amplificaba su velocidad, su fuerza, sus reflejos.

Una línea de neón rojo pulsaba a lo largo de su pierna izquierda.

Viva.

Una marca de rango.

Una marca de depredadora.

La lluvia caía en vetas plateadas mientras ella se movía por la ciudad. Las luces de neón se quebraban en charcos bajo sus botas. Su expresión era fría ahora.

Enfocada.

A su lado caminaban dos de los soldados más letales jamás desplegados.

J. Felix.

Un gigante de hombre, sus brazos cibernéticos brillando bajo la lluvia. Cicatrizado. Endurecido. Un veterano de guerras interminables. Un soldado que había presenciado la caída de imperios... y seguía luchando como si nunca hubiera perdido.

Frate.

Silencioso. Preciso. Letal.

Su traje de obsidiana absorbía la luz a su alrededor, mientras sus ojos cibernéticos verdes escaneaban todo —calculando, prediciendo, eliminando.

Juntos…

Eran Y3.

Una unidad temida en todos los sistemas.

Una fuerza que no fallaba.

Esta noche no era una misión.

No era supervivencia.

Era algo más.

Entrenamiento.

Porque la guerra... nunca dejaba de llegar.

Y3 CONTRA EL DEMIURGO

La Base Zetan estaba viva.

La energía fluía por sus pasillos mientras los soldados EliteX se movían con propósito. Androides de combate —Autopilotos— patrullaban con precisión mecánica. Oficiales tácticos monitoreaban flujos de datos holográficos mientras drones mantenían los sistemas de armas a través de paredes de acero.

El aire olía a ionización.

Poder.

Guerra.

Dentro de la arena central, los soldados se enfrentaban en simulaciones —cuchillas de pulso, guanteletes de plasma, caos controlado. Cada movimiento rastreado. Cada error castigado. Cada acción refinada.

Y en el centro de todo ello…

Esperando.

Estaba Pandora.

Ella estaba sola.

Inmóvil.

Indiscutible.

Pandora no era simplemente poderosa.

Era algo más allá de toda definición.

Su presencia doblaba el espacio a su alrededor —sutil, pero innegable.

Su largo cabello violeta fluía como si lo tocara una fuerza invisible, enmarcando un rostro de perfección absoluta. Su mirada era serena... pero debajo yacía algo antiguo. Algo imparable.

Vestía un traje radiante de color blanco, esculpido a su forma con una precisión impecable. Detalles dorados delineaban su cuerpo como geometría sagrada, enfatizando cada movimiento, cada respiración.

Sus brazos estaban enfundados en guanteletes de plata pulida, reflejando las luces de la arena con un brillo frío y metálico. Botas hasta el muslo se extendían sin costuras desde el traje, elevando su postura a algo casi divino.

Bajo sus pies…

Un sigilo circular resplandeciente ardía en el suelo.

Antiguo.

Vivo.

El mismo aire respondía a su existencia.

Scarlett, J. Felix y Frate entraron a la arena.

Su armadura se activó en modo de combate completo.

El sonido resonó.

Pandora no se movió.

Scarlett sonrió con suficiencia.

“Te tomó bastante volver de Urkulo.”

Los labios de Pandora se curvaron ligeramente. No era una sonrisa.

Algo más afilado.

“Estaba ocupada evitando que la realidad colapsara,” respondió con calma. “De nada.”

J. Felix se estiró el cuello.

“Bien. Entonces esto debería ser divertido.”

Frate se ajustó los guantes.

“Sin límites. Sin restricciones.”

Una pausa.

“…Eso sigue en pie, ¿verdad?”

Pandora dio un paso adelante.

Lento.

Deliberado.

Cada paso resonaba por la arena.

“Averigüémoslo,” dijo.

Las luces se apagaron.

La oscuridad engulló la cámara.

Una voz sintética resonó por la arena:

“Simulación de combate iniciada. Sin límites. ¡Comiencen!”

Scarlett exhaló.

Sus músculos se tensaron.

Sus instintos se agudizaron.

Esto ya no era un entrenamiento.

Esto era guerra.

Y ella estaba lista.

🔥 CONTINUARÁ… 🔥