Paloma · Historia secreta de Sportia

HISTORIAS SECRETAS DE SPORTIA

Paloma

La historia que lo cambió todo.

Una historia extra para lectores del libro.

Paloma · Sportia
El ruido de una pelota
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El ruido de una pelota

La pelota golpeó la cinta de la red y cayó del lado de Paloma. Era pequeña, amarilla y bastante corriente. Sin embargo, a ella le pareció que había hecho un ruido enorme.

Detrás de la valla, alguien siguió hablando. En otra pista se oyó una risa. Paloma sintió calor en las mejillas: estaba convencida de que todos habían visto su fallo.

Tenía nueve años, pecas hasta en la nariz y el pelo rojo sujeto con una pinza azul. Miró el suelo. Faltaba mucho para terminar su primera clase y ya deseaba que llegara la hora de marcharse.

Lo que los demás miraban
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Lo que los demás miraban

Su abuela la esperaba con una botella de agua. No le preguntó cuántas pelotas había metido.

—¿Qué has descubierto?

—Que se me da fatal. La abuela miró hacia las pistas.

—¿Has visto a la señora de la gorra? Paloma negó con la cabeza. La señora acababa de fallar una pelota y estaba buscando otra en el bolsillo. Un niño de la pista de al lado también había fallado. Y un hombre, y otra niña. Nadie parecía estar mirando a Paloma. Aquello no hizo desaparecer su vergüenza. Pero abrió una rendija por la que pudo entrar una idea: quizá podía volver.

Una pista más pequeña
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Una pista más pequeña

La profesora preparó una pista reducida y pelotas adaptadas. Paloma llevaba una raqueta junior que podía mover sin pelearse con su peso. El objetivo no era hacer un saque espectacular. Era enviarse la pelota despacio y conseguir que regresara. Paloma golpeó demasiado fuerte. Después, demasiado flojo. La tercera vez, la pelota llegó a su compañera.

—¡Otra!

—pidió la niña. Paloma sonrió antes de acordarse de tener vergüenza. Contaron dos intercambios. Luego tres. Cuando llegaron a cinco, celebraron como si hubieran descubierto un continente. Esa tarde, Paloma no preguntó cuánto faltaba para irse. Preguntó cuándo podrían volver a jugar.

La colección de tachones
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La colección de tachones

Empezó a dibujar una estrella por cada golpe que le salía bien. Si fallaba, tachaba la estrella anterior. Su cuaderno acabó pareciendo una noche llena de arañazos. La profesora le preguntó por qué borraba lo que había conseguido.

—Porque después lo hago mal.

—¿Y lo que aprendiste antes desaparece? Paloma pasó el dedo por una estrella casi escondida. No. El golpe siguiente podía salir mal, pero aquel intercambio de cinco había ocurrido de verdad. Dejó de tachar. Al lado de las estrellas empezó a escribir preguntas: por qué llegaba tarde, cómo podía colocarse, qué necesitaba practicar.

Los pies también juegan
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Los pies también juegan

Paloma quería aprender un golpe precioso que había visto por televisión. La profesora colocó unas marcas en el suelo.

—Hoy empezamos por los pies. A Paloma le pareció una broma. La raqueta la llevaba en la mano. Pero al moverse hacia la pelota y buscar una posición cómoda, descubrió que golpear resultaba menos difícil. Se equivocó de lado y acabó riéndose de sí misma. Volvió al inicio. Nadie le pidió que corriera hasta agotarse. Practicaron despacio, descansaron y lo intentaron otra vez. Al terminar, sus pies no habían ganado ningún trofeo. Su juego, sin embargo, tenía algo nuevo: un sitio desde el que empezar.

La primera cuenta
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La primera cuenta

En su primer encuentro amistoso se confundió con el marcador. Había estado tan pendiente de no fallar que dejó de escuchar. No quería preguntar. Le parecía que las jugadoras de verdad sabían esas cosas. Su rival levantó la mano.

—¿Cómo íbamos? Paloma la miró, sorprendida. La otra tampoco estaba segura. Preguntaron a la profesora, aclararon la cuenta y continuaron. El partido no se estropeó por hacer una pregunta. Al contrario: pudieron seguir jugándolo. Paloma volvió a casa con una derrota ajustada y una noticia importante. No hacía falta fingir que lo sabía todo para pertenecer a una pista de tenis.

El partido de mañana
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El partido de mañana

Los años cambiaron su raqueta, su altura y su peinado. A los dieciséis, llevaba el cabello rojo recogido en una trenza y competía en torneos juveniles. La noche anterior a uno importante apenas pudo leer dos páginas de su libro.

Imaginaba un saque fallado. Después imaginaba perder. Después imaginaba explicar por qué había perdido.

El partido todavía no había empezado y ella ya estaba cansada. Cerró el libro. En el techo no había ninguna respuesta.

Al día siguiente decidió contarle a su profesora lo que le pasaba. No era fácil decir en voz alta que tenía miedo de algo que tanto le gustaba.

Lo que cabe en un punto
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Lo que cabe en un punto

La profesora escuchó sin interrumpirla.

—¿Puedes jugar ahora el último punto de mañana? Paloma negó con la cabeza.

—¿Y puedes preparar la bolsa, descansar y decidir qué vas a intentar cuando empiece el encuentro? Eso sí podía hacerlo. Prepararon un plan sencillo: moverse, observar la pelota y buscar un margen razonable dentro de la pista. El miedo no salió corriendo por la puerta. Se quedó un rato más. Pero dejó de ocupar todo el espacio. Paloma no necesitaba adivinar el partido entero. Necesitaba llegar a él con una idea útil y permiso para seguir aprendiendo.

Dos saques
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Dos saques

En el torneo, el primer saque se fue largo. El segundo acabó en la red. Doble falta.

Paloma apretó el mango. La siguiente pelota parecía llevar pegada la anterior. Y detrás venían todos los errores que había imaginado por la noche.

Se apartó un momento dentro del tiempo permitido, soltó el aire y aflojó la mano. La profesora no podía jugar por ella. Su abuela tampoco.

Pero las dos le habían ayudado a prepararse para aquel instante. Miró la pista, no la grada. Aquel punto se había terminado.

La pelota que tenía ahora en la mano aún no había salido de la raqueta.

Una rutina pequeña
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Una rutina pequeña

Entre puntos empezó a repetir una secuencia sencilla: respirar sin prisa, reconocer lo que había ocurrido y elegir una intención para lo siguiente. No era un truco para ganar siempre. Algunas pelotas siguieron yéndose fuera.

Pero dejó de discutir mentalmente con cada fallo durante tres puntos más. Una vez pensó: «He llegado tarde. Voy a prepararme antes».

Otra: «Estoy jugando demasiado cerca de la línea. Puedo darme más margen». Había una diferencia entre insultarse y corregirse.

Paloma estaba empezando a escucharla. Su cabeza seguía haciendo ruido. Ahora encontraba, entre aquel ruido, alguna frase que de verdad le servía.

El viento no pedía permiso
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El viento no pedía permiso

Otro torneo trajo viento. Las pelotas cambiaban de camino y el cabello se escapaba de su trenza. Paloma levantó los ojos al cielo como si pudiera presentar una reclamación.

Al otro lado, su rival también tuvo que recolocarse. El viento no había elegido a quién molestar. Paloma ajustó sus desplazamientos y dejó más espacio entre la pelota y las líneas.

Observó, probó y volvió a ajustar. No consiguió controlar el aire. Consiguió dejar de gastar tanta energía enfadándose con él.

Cuando una pelota difícil entró, no miró al cielo buscando permiso. Miró a su rival, preparándose para la siguiente devolución.

El punto largo
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El punto largo

Hubo un intercambio que pareció durar muchísimo. Paloma corrió, volvió al centro y alcanzó otra pelota. Su rival hizo lo mismo.

Ninguna encontraba una ocasión clara para terminar. Antes, Paloma habría intentado un golpe imposible solo para acabar con los nervios. Esta vez esperó una pelota que pudiera jugar con más seguridad.

El punto terminó a favor de su rival, con un golpe excelente. Paloma sintió rabia por perderlo y satisfacción por haberlo construido mejor. Las dos cosas podían existir a la vez.

Levantó la raqueta en señal de reconocimiento. Había perdido un punto. No había perdido todo lo aprendido dentro de él.

La derrota y la merienda
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La derrota y la merienda

Perdió aquel partido. Al terminar, felicitó a su rival y recogió sus cosas sin encontrar muchas palabras. Su abuela se sentó con ella en un banco. Había traído fruta y un bocadillo.

—Hoy no quiero sacar ninguna lección

—dijo Paloma.

—Podemos merendar primero. Comieron en silencio. Un pájaro se acercó, examinó la escena y decidió que tenía asuntos más interesantes. Paloma soltó una risa pequeña. Más tarde hablarían del partido. En ese momento, necesitaba recordar que seguía siendo ella: una nieta, una amiga, una persona con hambre. El resultado no ocupaba todo lo que era.

Volver con una pregunta
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Volver con una pregunta

En el entrenamiento siguiente no llevó una lista de excusas. Llevó una pregunta:

—Cuando me empujan hacia un lado, ¿cómo puedo volver mejor a la jugada? La profesora preparó un ejercicio. Ajustaron la dificultad, observaron sus movimientos y descansaron entre intentos. La respuesta no apareció completa el primer día. Paloma aprendió a reconocer pequeñas mejoras: llegar menos forzada, recuperar una posición útil, elegir sin precipitarse. No todas las sesiones acababan con una sensación extraordinaria. Algunas eran simplemente trabajo bien hecho. Empezaba a comprender que también había progreso en esos días que no parecían importantes cuando ocurrían.

Bajo las luces
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Bajo las luces

Años después, en el tenis de élite, las gradas eran mayores y las preguntas de los periodistas llegaban más deprisa. Paloma seguía siendo pecosa. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta y conservaba aquel cuaderno de estrellas y tachones.

Antes de una final sintió el conocido nudo en el estómago. No lo tomó como una señal de que no estaba preparada. Le importaba mucho lo que iba a hacer.

Salió a la pista, miró a su rival y comenzó. Había aprendido a competir con ambición sin exigirse convertirse en alguien incapaz de sentir nervios.

Después del último punto
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Después del último punto

Ganó aquella final. Hubo aplausos, fotografías y un trofeo que reflejaba las luces. Una niña le preguntó cómo había conseguido no equivocarse. Paloma miró el trofeo y después a la niña.

—Me he equivocado muchas veces. Incluso hoy. Le habló de un saque largo y de una devolución que había enviado a la red.

—Lo que intento es no llevarme cada error al punto siguiente. La niña pareció pensarlo con cuidado. Paloma comprendió entonces que una victoria podía contar una historia engañosa si solo se enseñaba el último instante. También quería enseñar lo que había pasado antes.

La raqueta escondida
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La raqueta escondida

Al empezar a colaborar con una escuela de tenis, encontró a una niña sentada detrás de una cesta de pelotas. Había escondido la raqueta bajo el banco.

—Todos miran cuando fallo. Paloma reconoció aquella frase aunque nunca la hubiera oído con esa voz. No le respondió que fuera valiente ni que dejara de preocuparse. Se sentó a su lado.

—A mí también me pasó. ¿Quieres que empecemos en un espacio pequeño, solo tú y yo? La niña asintió. No jugaron un partido. Se enviaron una pelota adaptada, despacio. Cuando consiguieron tres intercambios, la raqueta ya no estaba escondida.

Enseñar sin apresurar
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Enseñar sin apresurar

Paloma descubrió que cada alumno necesitaba un comienzo distinto. A uno le ayudaba ver una demostración. Otra necesitaba hacer una pregunta. Algunos querían probar enseguida; otros preferían observar primero. Aprendió a explicar de forma más sencilla y a escuchar lo que ocurría cuando algo no funcionaba. Una tarde, una alumna falló y dijo:

—Otra vez. Ya sé qué quiero cambiar. Paloma sintió una alegría diferente a la de levantar un trofeo. La niña no necesitaba que alguien le prometiera que el próximo golpe sería perfecto. Había descubierto que podía intentarlo sin tratarse mal.

La propuesta
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La propuesta

Tanke la visitó al terminar una clase. Esperó mientras Paloma ayudaba a recoger las pelotas y escuchaba la pregunta de un alumno. Después le habló de Sportia, de sus pistas y de los niños que llegarían con sueños enormes.

—Buscamos una prefecta de tenis. Paloma sonrió, pero no respondió enseguida.

—Quiero que puedan competir de verdad. Y también equivocarse sin sentir que dejan de valer.

—Para eso necesitamos buenos profesores

—respondió Tanke. Paloma miró la cesta de pelotas. Cada una podía ser una nueva oportunidad, pero alguien tenía que ayudar a los niños a verla así.

El primer día en Sportia
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El primer día en Sportia

Las pistas de Sportia brillaban bajo el sol. Había alumnos de lugares distintos, bolsas nuevas y una mezcla de entusiasmo y nervios que Paloma conocía muy bien. No empezó hablando de sus trofeos. Preguntó qué les gustaba del tenis y qué les resultaba difícil. Una mano se levantó.

—Fallar delante de todos. Después se levantaron otras. Paloma dejó la raqueta apoyada junto a la cesta.

—Vamos a trabajar la técnica. Y también lo que nos decimos cuando algo no sale. El entrenamiento empezó con pelotas en movimiento y con una tranquilidad pequeña: nadie era el único que tenía algo que aprender.

Todavía no existe
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Todavía no existe

En una práctica, un alumno perdió un punto y se quedó mirando el lugar donde había botado la pelota.

—Voy a fallar el siguiente también. Paloma se acercó durante la pausa del ejercicio.

—Ese punto todavía no existe. El niño levantó la vista. Hablaron del anterior: había llegado tarde y había golpeado sin una posición cómoda. Eligió prepararse antes. El siguiente intercambio no fue perfecto. Duró un poco más. Al terminar, el niño miró la pista en lugar de sus zapatillas. No había aprendido a ver el futuro. Había aprendido a darle una oportunidad.

Otra pelota
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Otra pelota

Cuando las pistas quedaron vacías, Paloma encontró una pelota junto a la red. La recogió y la hizo botar suavemente. Recordó la primera clase, la vergüenza y aquel ruido que solo a ella le había parecido enorme.

Ahora sabía que una pelota en la red podía ser muchas cosas: un error, una pregunta, el principio de un ejercicio nuevo. Guardó la pelota en la cesta. Al día siguiente llegarían otros alumnos.

Algunos vendrían confiados; otros, con ganas de esconder la raqueta. Paloma estaría allí para enseñarles a jugar. Y para recordarles que el punto siguiente todavía no estaba escrito.

TU PRÓXIMO RETO

Elige un deporte que te dé curiosidad. No tienes que hacerlo perfecto para disfrutar aprendiendo. Me gustaría aprender… Puedo pedir ayuda a… Mi primer paso será… Practica con supervisión y el material adecuado.

PALABRAS DE SPORTIA

Saque Golpe con el que comienza un punto en tenis. Doble falta Cuando no se consigue un saque válido en ninguno de los dos intentos y se pierde el punto. Intercambio Sucesión de golpes entre jugadores durante un punto.

Desplazamiento Movimiento por la pista para llegar a la pelota y preparar el golpe. Concentración Atender a lo que estamos haciendo y aprender a volver cuando nos distraemos. Prefecta En Sportia, una deportista y profesora responsable de enseñar una disciplina.

EL SIGUIENTE PASO ES TUYO

El siguiente punto todavía no está escrito. Respira. Pide ayuda.

Date tiempo para aprender. ¿Qué te gustaría intentar mañana? Comparte esta historia con tu equipo y tu familia.

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