Cuervo · Historia secreta de Sportia

HISTORIAS SECRETAS DE SPORTIA

Cuervo

La historia que lo cambió todo.

Una historia extra para lectores del libro.

Cuervo · Sportia
Un golpe que no dio
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Un golpe que no dio

Cuervo tenía nueve años cuando aprendió que un golpe podía empezar mucho antes de mover la mano. Aquella tarde, otro niño pisó sin querer la pequeña ciudad de cartón que había construido en el patio. Una torre se dobló.

El puente quedó aplastado. Cuervo sintió calor en la cara. Cerró el puño.

El otro niño retrocedió. Una profesora se acercó y se puso entre los dos. Cuervo bajó la mano, pero el enfado siguió allí, enorme, ocupándolo todo.

No había pegado a nadie. Tampoco sabía qué hacer con lo que sentía. Esa noche, al recordar el puente, lo que más le molestó fue recordar la cara del otro niño.

La puerta abierta
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La puerta abierta

Días después pasó con su madre junto al polideportivo. A través de una puerta abierta vio a un grupo vestido de blanco. Se movían sobre unas colchonetas de colores. Unas veces avanzaban; otras se quedaban quietos, atentos a su profesor. Cuervo se detuvo.

—¿Están aprendiendo a pelear? Su madre le propuso entrar y preguntar. El profesor los recibió al terminar la clase. Tenía el pelo canoso, la voz tranquila y una oreja que parecía escuchar incluso cuando sonreía.

—Aprendemos kárate

—dijo—. Y empezamos por aprender a cuidarnos. Cuervo miró el tatami. Desde fuera había parecido mucho más sencillo.

El cinturón rebelde
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El cinturón rebelde

Su primera dificultad no fue una patada. Fue el cinturón. Una punta quedaba larguísima y la otra desaparecía. Cuando creyó haberlo conseguido, el nudo se soltó al dar dos pasos. La niña que estaba a su lado lo ayudó a repetirlo.

—A mí ayer se me cayó entero. Cuervo se rio. El profesor les enseñó a saludar, a escuchar las indicaciones y a dejar espacio entre compañeros. Después empezaron un ejercicio básico, cada uno en su sitio. Cuervo quiso hacerlo rápido. Los pies fueron por un lado. Los brazos, por otro. Al menos el cinturón aguantó.

Una cosa cada vez
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Una cosa cada vez

Durante varias clases quiso corregirlo todo a la vez. Los pies. Los hombros.

La mano. La mirada. Cuantas más cosas intentaba vigilar, más se enredaba.

El profesor le propuso elegir una sola para aquel ejercicio: terminar sin perder el equilibrio. Cuervo avanzó despacio, siguiendo la demostración. Se tambaleó.

Volvió a probar. La tercera vez consiguió quedarse estable. No fue un movimiento impresionante.

Nadie aplaudió ni sonó música. Pero él notó la diferencia. Había terminado donde quería terminar.

Al salir, caminó hasta su madre intentando explicarle aquella sensación con las manos.

Arreglar el puente
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Arreglar el puente

En el patio volvió a encontrarse con el niño de la ciudad de cartón. Durante un momento pensó en pasar de largo. Después se acercó.

—Lo del otro día… Te asusté. El niño miró al suelo.

—No vi el puente. Cuervo se lo creyó. Ya se lo había creído antes, aunque el enfado no le hubiera dejado escucharlo. No reconstruyeron toda la ciudad. Hicieron un puente nuevo con una caja de galletas y mucha cinta adhesiva. Quedó torcido. Por allí podía pasar un coche pequeño, siempre que nadie respirara demasiado fuerte. Cuervo descubrió que pedir perdón no arreglaba el cartón. Pero ayudaba a empezar a repararlo.

El ruido de dentro
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El ruido de dentro

Le gustaba entrenar. Le gustaba también que las cosas le salieran bien. Eso último le gustaba tanto que, cuando fallaba, dejaba de escuchar. Una tarde repitió mal la misma secuencia tres veces. Se quedó tieso, con los dientes apretados. El profesor se acercó.

—¿Puedes contarme qué te pasa? Cuervo respondió que nada. Luego reconoció que estaba furioso consigo mismo. Hicieron una pausa. Respiró con normalidad y aflojó las manos. El profesor esperó. Cuando estuvo preparado, retomaron un tramo más corto del ejercicio. El enfado no desapareció como por magia. Pero dejó de ocupar todo el tatami.

Delante de todos
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Delante de todos

En su primera exhibición había más familiares que deportistas. Cuervo distinguió a su madre entre las sillas y deseó que, de pronto, todos tuvieran que mirar hacia otro lado. Le tocaba realizar una secuencia de movimientos que había practicado muchas veces: un kata.

Saludó. Empezó. Y, en medio de un giro, se quedó en blanco.

Sabía que faltaba algo. No recordaba qué. El silencio le pareció inmenso.

Buscó con la mirada a su profesor. No encontró un gesto de enfado. Encontró a alguien que seguía allí.

Cuervo respiró, recuperó una posición conocida y continuó como pudo.

La parte que no sale
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La parte que no sale

Después se escondió detrás de una columna.

—Se me ha olvidado. Su madre se sentó a su lado. No le dijo que había sido perfecto. Los dos sabían que no.

—¿Qué ha pasado después? Cuervo pensó. Después había continuado. Aquella semana pidió volver a practicar la parte que se le había olvidado. Su profesor le ayudó a comprender cómo enlazaba con la anterior. En casa no necesitaba representar el kata entero para contar lo que había aprendido.

—Cuando me quedo en blanco, puedo volver a empezar desde algo que conozco. Su madre asintió. Aquello servía para bastantes cosas.

Más alto, más rápido
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Más alto, más rápido

A los dieciséis años, Cuervo había crecido y llevaba muchas temporadas entrenando. Sus movimientos eran precisos. Había aprendido de distintos profesores y empezaba a competir.

También había aprendido a disimular los nervios. Desde fuera parecía tranquilo. Por dentro, antes de algunos encuentros, todo corría demasiado deprisa.

Le molestaba especialmente un rival que celebraba cada punto con una sonrisa enorme. Cuervo estaba convencido de que se reía de él. Su entrenador le pidió que se concentrara en lo que realmente podía observar.

Pero Cuervo había decidido lo que significaba aquella sonrisa. Y entró al siguiente intercambio pensando en demostrar algo.

La señal
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La señal

El árbitro detuvo la acción. Cuervo había actuado sin el control necesario. Recibió una sanción.

No podía discutir con lo que acababa de hacer: había dejado que su enfado dirigiera la decisión. Retrocedió hasta su sitio, con las protecciones puestas y el corazón golpeándole dentro del pecho. El rival esperaba.

La sonrisa ya no estaba. Cuervo miró a su entrenador al borde del área. Quería que lo sacara de allí.

Quería volver atrás. Quería ganar el encuentro de golpe. Nada de aquello era posible.

Lo único que tenía delante era la siguiente decisión.

Salir del ruido
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Salir del ruido

El encuentro terminó sin que Cuervo consiguiera remontar. Al salir del tatami tenía ganas de explicar por qué todo había sido culpa de aquella sonrisa. Su entrenador lo escuchó hasta el final.

—¿Sabes por qué sonreía? Cuervo abrió la boca. No lo sabía. Más tarde se acercó al rival para disculparse por haber perdido el control. Hablaron unos minutos. El otro también estaba nervioso. A veces sonreía precisamente por eso. Cuervo sintió vergüenza, pero no se marchó. Había estado compitiendo contra una intención que él mismo había inventado. Esa tarde se llevó a casa algo más incómodo que una derrota. Una pregunta.

Qué depende de mí
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Qué depende de mí

La escribió en una hoja: «¿Qué puedo elegir antes de actuar?». No quería una frase bonita para colgar en la pared. Quería una respuesta que le sirviera cuando volviera a ponerse nervioso.

Su entrenador lo ayudó a reconocer señales: apretar la mandíbula, acelerar sin mirar, dejar de escuchar. Practicaron respuestas dentro de ejercicios supervisados. Detenerse cuando correspondía.

Recuperar la atención. Aceptar una corrección sin discutirla de inmediato. Hubo días buenos y días difíciles.

Cuervo aprendió que conocerse no consistía en prometer que nunca volvería a enfadarse. Consistía en empezar a darse cuenta un poco antes.

Otra oportunidad
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Otra oportunidad

Meses después volvió a competir contra el mismo rival. Esta vez lo saludó por su apodo y le preguntó cómo le iba. Durante el encuentro regresaron los nervios.

También el impulso de precipitarse cuando se vio por detrás. Cuervo lo reconoció. No se convirtió en una estatua ni dejó de competir con energía.

Escuchó las señales, respetó las pausas y volvió a atender a la distancia y al momento. Ganó algunas acciones. Perdió otras.

Al terminar estaba agotado. Se saludaron con respeto. Cuervo había querido hacerlo bien.

Y había conseguido algo que antes confundía con ser débil: competir con intensidad sin dejar de cuidarlos a los dos.

Los años invisibles
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Los años invisibles

Pasaron años de preparación, viajes y aprendizaje. Hubo torneos que ganó y otros en los que se marchó antes de lo esperado. Profesores que le cambiaron una idea.

Compañeros que le enseñaron otra manera de entrenar. Cuervo llegó a la élite. Su técnica llamó la atención, pero él sabía cuánto trabajo cabía en un movimiento que duraba apenas un instante.

No había aprendido a no sentir miedo, rabia o decepción. Había aprendido a reconocerlos y a pedir ayuda cuando la necesitaba. Con el tiempo, los alumnos más pequeños empezaron a observarlo desde el borde del tatami.

Él recordaba perfectamente lo grande que parecía aquel lugar desde allí.

La victoria menos ruidosa
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La victoria menos ruidosa

En una final importante, una acción quedó interrumpida por la señal del árbitro. Cuervo frenó. Desde una zona de la grada alguien protestó. Parecía que estaba a punto de conseguir una ventaja. Pero la indicación había sido clara. Su rival recuperó la posición. El encuentro continuó. Más tarde, al subir al podio, Cuervo pensó en todo lo que se vería en las fotografías: el cinturón, la medalla, los brazos levantados. El instante en que había parado casi no se vería. Sin embargo, su entrenador se lo recordó al abrazarlo.

—También se entrena eso. Cuervo sonrió. Llevaba muchos años haciéndolo.

Un alumno en la puerta
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Un alumno en la puerta

Durante una jornada para principiantes vio a un niño esperando fuera de la sala. Llevaba el uniforme puesto y los zapatos todavía calzados.

—¿No entras? El niño negó con la cabeza. Le daba miedo hacer daño a alguien. En una película había visto movimientos que le parecían peligrosos. Cuervo se sentó a su altura y escuchó. Después lo acompañó a hablar con la profesora del grupo. Le explicaron cómo empezarían, sin contacto, con espacio y supervisión. El niño decidió probar. Su primer ejercicio fue sencillo. Al terminar miró sus manos como si acabara de descubrir que también podían aprender a escuchar.

El cinturón vuelve a soltarse
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El cinturón vuelve a soltarse

Cuervo empezó a colaborar más a menudo en las clases. Una tarde vio caer un cinturón al suelo. El alumno lo recogió rojo de vergüenza. Algunos compañeros se rieron, sorprendidos. Cuervo levantó una mano para pedir atención.

—El mío también se caía. Se arrodilló y mostró el nudo despacio. El niño probó por sí mismo. No le salió a la primera. Nadie tenía prisa. Cuando terminó, volvió a su sitio y participó en el ejercicio. Cuervo se quedó pensando en aquel momento. De todas las cosas que podía enseñar, quizá una de las primeras era que equivocarse allí no convertía a nadie en una broma.

La visita de Tanke
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La visita de Tanke

Tanke asistió a una de aquellas clases. Cuervo lo reconoció al terminar, cuando ya estaban guardando el material. Esperaba preguntas sobre su carrera deportiva. Tanke le preguntó por el niño del cinturón.

—Podrías habérselo atado tú.

—Sí

—respondió Cuervo—. Pero quería aprender. Caminaron hasta la salida. Tanke le habló de Sportia, una Akademia donde el talento de los alumnos necesitaba buenos profesores tanto como buenas instalaciones. Le ofreció conocerla. Cuervo preguntó cómo trabajaban con los niños que se exigían demasiado. Tanke sonrió. Aquella era una buena pregunta para llevar en la maleta.

Una sala enorme
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Una sala enorme

El tatami de Sportia le pareció inmenso. Había espacio, luz y material preparado para distintas edades. También herramientas para revisar movimientos con detalle. Cuervo recorrió la sala junto a Tanke. Pensó en exhibiciones, entrenamientos y torneos. Después imaginó a un niño detenido en la puerta, convencido de que todos sabrían más que él.

—Quiero que el primer día sepan que pueden preguntar

—dijo. Hablaron de preparación, de descanso, de normas y de cómo acompañar a cada alumno. Cuervo comprendió que aceptar aquella plaza no era dejar de aprender. Era hacerse responsable de seguir haciéndolo delante de otros.

Antes de marcharse
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Antes de marcharse

Volvió a visitar a su primer profesor. El pelo canoso se había vuelto completamente blanco. La voz seguía teniendo el mismo ritmo. Cuervo le contó lo de Sportia. El profesor escuchó y luego le preguntó qué quería enseñar. Cuervo podría haber enumerado técnicas, competiciones y años de experiencia. Pensó en el puente de cartón. En la exhibición. En una sonrisa que había interpretado mal.

—Quiero que aprendan a elegir lo que hacen, incluso cuando sienten muchas cosas. Su profesor asintió. Antes de despedirse recogieron juntos unas colchonetas. Por un momento, el viaje más importante parecía empezar en la misma sala de siempre.

La primera clase
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La primera clase

En Sportia lo conocieron como Cuervo, prefecto de kárate. Sus alumnos esperaban una demostración espectacular. Él comenzó por explicar cómo cuidar el espacio y a los compañeros.

Después preguntó si alguien estaba nervioso. Se levantaron unas pocas manos. Cuervo levantó la suya.

Hubo risas. Las manos aumentaron. Practicaron siguiendo sus indicaciones, cada uno a su ritmo.

Cuervo corrigió posturas, recordó la respiración y celebró la atención tanto como la ejecución. Quería buenos movimientos. También quería alumnos capaces de detenerse, escuchar y volver a intentarlo.

Al final de la clase, nadie tuvo que fingir que ya lo sabía todo.

El instante antes
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El instante antes

Un alumno falló una secuencia y apretó los puños. Cuervo reconoció el gesto. No lo regañó por sentirse frustrado.

Se acercó y le preguntó si necesitaba una pausa. El niño asintió. Un momento después, quiso probar de nuevo.

Esta vez pidió que le explicaran el giro. Cuervo lo acompañó hasta su lugar y volvió a mostrarlo. Entre el enfado y la siguiente acción había aparecido un pequeño espacio.

No se veía desde las gradas. No llevaba medalla. Pero allí cabían una pregunta, una pausa y otra oportunidad.

El niño se colocó. Cuervo esperó. Todavía quedaba mucho por aprender.

TU PRÓXIMO RETO

Elige un deporte que te dé curiosidad. No tienes que hacerlo perfecto para disfrutar aprendiendo. Me gustaría aprender… Puedo pedir ayuda a… Mi primer paso será… Practica con supervisión y el material adecuado.

PALABRAS DE SPORTIA

Kárate Disciplina deportiva que desarrolla la técnica, la atención y el control, siempre con una enseñanza adecuada. Dojo Lugar donde se practica y aprende una disciplina como el kárate. Tatami Superficie preparada para entrenar.

Se respetan las indicaciones del profesor y las normas del espacio. Kata Secuencia de movimientos que se practica para trabajar la técnica y la coordinación. Autocontrol Reconocer lo que sentimos y aprender a elegir cómo actuar.

También incluye saber pedir ayuda. Prefecto En Sportia, un deportista y profesor responsable de enseñar una disciplina.

EL SIGUIENTE PASO ES TUYO

Entre lo que sentimos y lo que hacemos puede caber una pausa. Escucha. Pide ayuda.

Date otra oportunidad para aprender. ¿Qué te gustaría intentar mañana? Comparte esta historia con tu equipo y tu familia.

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