Pegaso · Historia secreta de Sportia

HISTORIAS SECRETAS DE SPORTIA

Pegaso

La historia que lo cambió todo.

Una historia extra para lectores del libro.

Pegaso · Sportia
Antes de la campana
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Antes de la campana

La campana todavía no había sonado cuando Pegaso levantó la mano. Al otro lado de la valla, alguien señaló el primer obstáculo. El público esperaba. Ella llevaba semanas imaginando aquel recorrido: la entrada, los saltos, la última curva. Hasta había elegido dónde colgaría la fotografía. Pero debajo de ella algo no iba bien. Su caballo había acortado el paso. Una vez. Y otra.

—Necesito que venga mi profesora

—dijo. No fue una frase espectacular. Apenas se oyó entre las conversaciones. Sin embargo, aquella frase iba a cambiar su vida mucho más que cualquier trofeo. Para entender por qué, hay que volver a una niña rubia que, años antes, miraba los caballos desde fuera.

Al otro lado de la valla
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Al otro lado de la valla

Con nueve años, Pegaso podía reconocer el centro ecuestre antes de verlo. Primero llegaba el olor a heno. Después, el golpe suave de los cascos y el ruido de una carretilla. Se quedaba junto a la valla con sus ojos azules muy abiertos. Su pelo rubio, cortado por la barbilla, se le metía en la boca cuando soplaba el viento.

—Ese parece que vuela

—decía. Su madre miraba al caballo, que iba tranquilamente al paso.

—De momento parece que camina.

—Pero por dentro vuela. En casa no tenían caballo, ni finca, ni dinero para comprar ninguna de las dos cosas. Sí podían organizarse para algunas clases en grupo. Cuando se lo dijeron, Pegaso dio tantos saltos por el pasillo que su padre preguntó si las clases eran para ella o para los vecinos de abajo.

El caballo equivocado
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El caballo equivocado

El primer día había elegido, desde lejos, un caballo alto y negro que parecía salido de una película. La profesora la llevó ante un poni castaño, de crin oscura y una franja blanca en la cara.

—Este es Trébol. Trébol movió una oreja. Luego siguió masticando. Pegaso intentó disimular su decepción.

—¿Es rápido?

—Hoy nos interesa que podáis conoceros. La profesora le explicó cómo acercarse y estuvo a su lado todo el tiempo. De cerca, Trébol era bastante más grande de lo que parecía desde la valla. Tenía un hocico suave, unos ojos atentos y una respiración que se notaba en el aire frío. Pegaso dejó de pensar en el caballo negro. Trébol estaba allí de verdad.

Un casco y una pregunta
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Un casco y una pregunta

La profesora comprobó el ajuste de su casco y revisó el equipo. Pegaso llevaba botas prestadas y unos pantalones de montar de segunda mano. Estaban impecables, aunque una rodilla conservaba una pequeña marca que no había salido al lavar. Antes de subir, preguntó:

—¿Y si tengo miedo? Lo dijo bajito, mirando el suelo.

—Me lo cuentas

—respondió la profesora—. Así puedo ayudarte. Pegaso había preparado muchas preguntas: cuándo saltaría, cuándo galoparía, cuándo podría ir sola. Aquella no estaba en la lista. Y fue la más útil. Desde arriba, la pista parecía haberse hecho enorme.

—Ahora tengo un poco

—admitió.

—Gracias por decírmelo. Hoy iremos paso a paso. Y así empezaron.

Cuatro pasos
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Cuatro pasos

Trébol avanzó acompañado por la profesora. Pegaso se agarró con tanta tensión que hasta la punta de su nariz parecía estar haciendo fuerza.

—Respira. No tenemos ninguna prisa. Al principio solo escuchaba sus propias preocupaciones. Después distinguió los cascos sobre la arena, un pájaro en el tejado y la voz tranquila que la acompañaba. Dieron una vuelta corta. Luego pararon.

—¿Ya está?

—preguntó Pegaso.

—Por hoy, sí. Miró el recorrido. Desde fuera habría parecido poquísimo. Desde arriba había sido una expedición. Aquella noche dibujó a Trébol. Le salieron unas patas larguísimas y una cabeza demasiado pequeña. Debajo escribió: «Hoy he montado». No puso cuántos metros. No le cabían en una cifra todas las cosas que había sentido.

La lista de las cosas pequeñas
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La lista de las cosas pequeñas

Las semanas siguientes aprendió que la equitación empezaba antes de subir al caballo. Había que escuchar las indicaciones, preparar las cosas con orden y prestar atención al animal. La profesora supervisaba los cuidados y explicaba lo que hacía. Pegaso preguntaba tanto que a veces levantaba la mano aunque estuvieran ellas dos solas.

—¿Por qué hoy mira hacia allí?

—Vamos a observarlo. No siempre podemos saberlo a la primera. Aquella respuesta la sorprendió. Creía que los mayores tenían una explicación para todo. En su cuaderno abrió una lista: «Cosas que todavía no sé». En dos tardes llenó una página. Lejos de desanimarla, le pareció una noticia estupenda. Tenía un montón de cosas por descubrir.

La carrera que nadie había organizado
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La carrera que nadie había organizado

Un sábado, una compañera pasó a un ejercicio nuevo. Pegaso tuvo que repetir el anterior. De pronto, la pista se llenó de una carrera invisible. Cada avance ajeno parecía un retraso suyo. Empezó a apresurarse. Escuchaba la mitad de las indicaciones y se enfadaba con la otra mitad. Trébol no tenía ninguna culpa, pero ella notaba que la impaciencia se le escapaba hasta las manos. La profesora interrumpió el ejercicio.

—¿Con quién estás compitiendo ahora? Pegaso miró alrededor. Nadie estaba compitiendo. Se le calentaron las mejillas.

—Quiero hacerlo bien.

—Entonces volvamos a algo que puedas hacer con calma. A Pegaso no le gustó oírlo. Aun así, lo intentó. Aquella tarde aprendió menos cosas nuevas y entendió mejor una que creía saber.

Una fotografía que faltaba
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Una fotografía que faltaba

Su madre hacía fotos de vez en cuando. En casi todas salía Pegaso muy seria, con la lengua apretada contra un lado de la boca.

—Pareces estar resolviendo un problema dificilísimo

—bromeó.

—Es que estoy pensando. Una tarde no hubo foto. Pegaso se había atrevido a decir que un ejercicio le daba miedo, había pedido repetirlo de una forma más sencilla y había terminado contenta.

—Justo hoy no has sacado el móvil.

—Cuéntamelo. Así me entero mejor. Pegaso habló durante todo el camino. Al llegar, añadió otra lista a su cuaderno: «Cosas que ya puedo hacer». La primera no fue un salto ni una velocidad. Escribió: «Pedir ayuda antes de enfadarme».

Despedirse sin perder
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Despedirse sin perder

Los años pasaron. Pegaso creció; Trébol siguió acompañando a principiantes. Llegó el día en que la profesora le propuso empezar a montar otro caballo adecuado a su experiencia. Pegaso aceptó, pero al guardar el casco sintió una tristeza inesperada.

—¿Trébol pensará que ya no lo quiero? Su profesora no inventó una respuesta sobre lo que pensaba el poni.

—Puedes seguir saludándolo y cuidándolo cuando corresponda. Aprender con otro caballo no borra lo que has vivido con él. Pegaso volvió a verlo antes de irse. Trébol estaba ocupado con su heno. Le hizo gracia y le dio un poquito de pena al mismo tiempo. En casa conservó el primer dibujo. Las patas seguían siendo demasiado largas. No quiso corregirlas.

Un compañero nuevo
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Un compañero nuevo

Durante su adolescencia, Pegaso conoció a un caballo castaño llamado Bronce. Tenía una estrecha marca blanca en la cara y una forma muy suya de observar cualquier novedad. Pegaso ya sabía más.

Eso no significaba que lo supiera todo sobre él. Hubo clases fáciles y otras en las que parecía haber olvidado lo aprendido. Su profesora ajustaba los ejercicios, revisaba el trabajo y le recordaba que también hacían falta descanso y cuidados.

Poco a poco dejaron de parecer dos desconocidos compartiendo una pista. Pegaso descubrió una alegría diferente a la del primer día: la de entender mejor una indicación, sentir un movimiento más equilibrado y terminar sin querer correr hacia el siguiente logro. Su cuaderno ya tenía las esquinas dobladas.

Seguía haciendo preguntas.

El dorsal
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El dorsal

Cuando estuvo preparada, su profesora le propuso participar en un pequeño concurso. Pegaso se imaginó entrando en la pista como las amazonas de las revistas. En su imaginación nunca se le torcía el dorsal y el pelo siempre quedaba perfecto. La realidad empezó con un guante que no aparecía. Lo buscaron en la bolsa, en el coche y debajo de una chaqueta. Estaba dentro del casco. Se echaron a reír. A Pegaso le vino bien aquella risa. Antes de salir, su profesora repasó con ella lo importante y confirmó que todo estuviera en orden. Pegaso miró a Bronce.

—Vamos a hacer lo que sabemos. Esta vez no lo dijo para impresionar a nadie. Se lo estaba recordando a sí misma.

Algo diferente
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Algo diferente

Y entonces ocurrió aquello con lo que empezó esta historia. Estaban cerca de entrar cuando Pegaso notó un cambio en el paso de Bronce. No sabía qué significaba. Podía haberse equivocado. El ruido del concurso y sus propios nervios no ayudaban. Durante un momento pensó en callarse. Habían madrugado. Su familia había venido. Le tocaba enseguida. Le daba vergüenza detenerlo todo por una duda. Volvió a sentir aquel paso distinto. Levantó la mano.

—Necesito que venga mi profesora. La profesora se acercó, escuchó y decidió que no participaran. Revisarían a Bronce con el profesional correspondiente. Pegaso desmontó con ayuda. La campana sonó para otra persona.

La fotografía que no llegó
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La fotografía que no llegó

Desde fuera, retirarse ocupó muy poco tiempo. Por dentro, a Pegaso le duró toda la tarde. Tenía ganas de llorar. Y le avergonzaba tenerlas, porque sabía que habían tomado la decisión adecuada.

—Puedo preocuparme por él y estar triste por no salir, ¿verdad?

—preguntó al fin.

—Claro

—respondió su madre. La profesora le explicó que habían observado una molestia que necesitaba valoración y que Bronce tendría el cuidado y el descanso indicados. No puso una fecha apresurada para volver. Pegaso guardó el dorsal sin estrenar. Aquel día no hubo foto sobre un obstáculo. Hubo una de ella junto a su madre, sentadas en un banco, compartiendo un bocadillo aplastado. Tardó bastante en descubrir cuánto le gustaba aquella fotografía.

Los días sin montar
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Los días sin montar

Esperar le costó más de lo que había imaginado. Pegaso iba al centro y preguntaba por Bronce. Seguía las indicaciones de los responsables y continuaba aprendiendo en sus clases con otros caballos.

Aun así, cada vez que veía su silla sentía un pequeño pellizco. Una tarde llevó el cuaderno y escribió una página entera sobre el concurso que no había hecho. Después la leyó.

Todo empezaba por «yo quería». Debajo añadió: «Él necesitaba». No borró lo anterior.

Lo que ella deseaba también era verdad. Pero no era lo único que importaba. Al salir se quedó un rato mirando cómo caía la lluvia sobre el tejado de la cuadra.

Por primera vez en días, no preguntó cuánto faltaba.

Volver no era retroceder
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Volver no era retroceder

Cuando los profesionales indicaron que Bronce podía volver al trabajo previsto, lo hicieron de forma gradual y supervisada. Nada de regresar directamente al recorrido imaginado. Pegaso sintió una tentación conocida: recuperar de golpe todo el tiempo perdido. Pero bastó una vuelta tranquila para recordar por qué estaba allí. Le gustaba montar. Le gustaba aprender. Le gustaba aquel caballo incluso los días en que no podían hacer lo que ella había planeado. Al terminar, su profesora preguntó cómo había ido. Pegaso iba a responder «solo hemos hecho…». Se detuvo.

—Hemos vuelto a empezar bien. Más adelante llegaron otros concursos, algunos buenos resultados y muchas cosas por corregir. El dorsal sin estrenar siguió guardado. No era un recuerdo de vergüenza.

La niña de las botas prestadas
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La niña de las botas prestadas

Ya adulta, Pegaso se formó para enseñar y trabajó junto a profesionales con experiencia. Descubrió que explicar algo exigía entenderlo de una manera nueva. En una de sus primeras clases había una niña con botas prestadas que hablaba sin parar mientras esperaba. Cuando llegó su turno, se quedó completamente callada. Pegaso reconoció aquella transformación.

—Podemos empezar conociendo al poni desde el suelo

—le propuso. La niña asintió enseguida. No acabaron la clase haciendo una gran demostración. Acabaron con una pregunta:

—¿Puedo volver el sábado? Pegaso sonrió durante todo el camino a casa. Por la noche buscó su antiguo dibujo de Trébol. Entendía perfectamente a la niña que lo había hecho.

Cambiar el plan
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Cambiar el plan

No todos sus alumnos necesitaban lo mismo. A uno le tranquilizaba saber de antemano qué harían. Otra necesitaba tiempo para preguntar. Un tercero decía «sí» demasiado deprisa porque le preocupaba decepcionar a los mayores. Pegaso aprendió a comprobar que entendieran, a escuchar sus dudas y a cambiar un plan cuando hacía falta. También seguía aprendiendo ella. Un día, un ejercicio que había preparado no funcionó como esperaba. Se lo dijo al grupo sin excusas.

—Vamos a organizarlo de otra manera. Un niño la miró sorprendido.

—¿Los profesores también cambian de idea?

—Cuando encontramos una forma mejor, conviene hacerlo. Aquella respuesta le habría gustado a la Pegaso pequeña, que pensaba que los mayores ya lo sabían todo.

El aplauso más corto
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El aplauso más corto

La niña de las botas prestadas tardó varias clases en sentirse preparada para montar. Cuando llegó el momento, Pegaso estuvo a su lado y eligieron un comienzo sencillo. Dieron una vuelta corta y pararon.

La niña soltó el aire y sonrió. Su padre empezó a aplaudir con entusiasmo desde la valla. Pegaso le hizo una señal amable para que bajara el ruido.

Él se rio de sí mismo y levantó los pulgares. La niña respondió con una sonrisa todavía mayor. Después quiso contar cada segundo de aquella vuelta.

Pegaso no la interrumpió para hablar del siguiente ejercicio. Había aprendido algo: a veces los adultos miraban tan lejos que se perdían lo que acababa de suceder delante de ellos.

El visitante de la valla
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El visitante de la valla

Tanke llegó una mañana sin anunciar una ceremonia. Observó una clase, habló con el equipo y escuchó a Pegaso explicar por qué había cambiado el trabajo de un alumno. Después le preguntó por sus concursos. Ella contó algunos. También contó el que no había disputado.

—¿Todavía conservas aquel dorsal?

—preguntó él. Pegaso asintió. Tanke le habló de Sportia, de sus alumnos y de los profesores que estaban construyendo la Akademia. Querían incorporar la equitación con personas preparadas, instalaciones adecuadas y el cuidado de los animales como parte esencial del aprendizaje.

—Me gustaría que conocieras el proyecto. Pegaso miró la pista. Le entusiasmaba la idea. También le daba respeto. Esta vez supo que podía sentir las dos cosas y seguir adelante.

Antes de abrir la puerta
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Antes de abrir la puerta

Pegaso visitó Sportia con una libreta nueva. Preguntó por los caballos, por el equipo que los cuidaría y por la organización de las clases. Recorrió las instalaciones con los responsables. Escuchó mucho y apuntó todavía más. Tanke sonrió al verla detenerse de nuevo.

—¿Otra pregunta?

—Varias. No aceptó porque el nombre de la Akademia sonara importante. Aceptó después de conocer a las personas con las que trabajaría y acordar cómo enseñarían. La noche anterior a su primera clase dejó preparada su chaqueta azul marino. La trenza rubia le cayó sobre el hombro cuando se inclinó para ordenar la bolsa. Dentro metió una fotografía vieja: un banco, un bocadillo aplastado y dos personas sentadas muy juntas.

La primera clase de Pegaso
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La primera clase de Pegaso

Los alumnos de Sportia llegaron con ideas enormes. Uno quería saltar. Otra preguntó si los caballos podían reconocer a las personas. Un tercero confesó que nunca había estado tan cerca de uno. Pegaso los recibió junto al equipo del centro.

—Hoy empezaremos por conocerlos y aprender cómo estar aquí. Hubo quien puso cara de impaciencia. Pegaso conocía esa cara: la había visto muchas veces en su propio espejo. Durante la actividad, un niño levantó la mano.

—Creo que necesito ir más despacio. Pegaso se acercó.

—Gracias por decírmelo. Al otro lado de la valla, Tanke siguió observando un momento. Después se marchó a atender el resto de la Akademia. La clase había empezado exactamente donde debía.

El siguiente paso
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El siguiente paso

Al terminar la tarde, Pegaso revisó con el equipo que todo quedara en orden. Los caballos tenían su descanso; los alumnos, historias que contar al llegar a casa. Una niña regresó corriendo hasta la entrada y allí redujo el paso, recordando lo aprendido.

—Profe, hoy no he saltado nada. Pegaso esperó.

—Pero ya no me da tanta vergüenza decir que tengo miedo. Luego se fue con su familia, hablando tan deprisa que casi tropezaba con sus propias palabras. Pegaso miró la pista vacía. De pequeña había querido volar. Ahora sabía que no todos los vuelos se parecían a una fotografía sobre un obstáculo. A veces empezaban con una pregunta. Con alguien dispuesto a escuchar. Con un paso pequeño que ayer parecía imposible. Mañana volverían a abrir la puerta. Y ella estaría allí.

TU PRÓXIMO RETO

Elige un deporte que te dé curiosidad. No tienes que hacerlo perfecto para disfrutar aprendiendo. Me gustaría aprender… Puedo pedir ayuda a… Mi primer paso será… Practica con supervisión y el material adecuado.

PALABRAS DE SPORTIA

Equitación Deporte y aprendizaje de montar a caballo con respeto y preparación. Amazona Mujer o niña que monta a caballo. Poni Caballo de pequeña talla; también necesita cuidados y respeto.

Pista Espacio acondicionado para practicar con supervisión. Dorsal Número que identifica a un participante en una competición. Confianza Seguridad que se construye con tiempo, cuidado y experiencias compartidas.

EL SIGUIENTE PASO ES TUYO

Escuchar también es avanzar. Aprende con ayuda. Respeta a los animales.

Date tiempo para crecer. ¿Qué te gustaría intentar mañana? Comparte esta historia con tu equipo y tu familia.